Robbert McAbbot

Atormentado personaje de Gabi

Description:

La presencia de McAbbot es bastante imponente: Su sobrepeso y sus ropas caras dejan claros la buena vida que lleva, su semblante, serio, calvo, de hombre curtido y tuerto, le da un toque entre místico, respetable y peligroso. Apenas se distinguen en su rostro gestos de satisfacción, aunque algunas malas lenguas hablan de que éstos pueden apreciarse en algún burdel de lo más selecto. Otros, sin embargo, afirman que es una única amante criolla quien logra quitarle el sueño.

En cualquier caso, no son temas de los cuales tratar directamente en su cara. A quienes aseguran haberle visto enfadado, momento en el que suele apretar el puño entorno a su bastón de empuñadura de marfil. Esta herramienta, como puede discernir cualquier persona que haya visto algo de mundo, obedece a una moda en ciernes en todo Londres, ya que en su interior esconde un estoque, aunque nadie jamás le ha visto usarlo.

LA MANSIÓN McABBOT

La mansión McAbbot debe definirse como una personalidad más de la actividad económica y política de Londres. Al igual que muchos de los dirigentes del momento, su alma está marcada por los sentimientos más mundanos: ambición, pasión, arrepentimiento, orgullo… incluso síntomas de redención pueden encontrarse en algunas de sus esquinas.

Lo primero que destaca es su localización: como los buenos políticos, intenta posicionarse en una zona privilegiada: Westminster se viste en el horizonte más cercano según uno se acerca a la entrada. No se puede decir que sea la localización más lujosa o más discreta, pero estar a medio camino entre el centro político del imperio y el centro neurálgico de la ciudad más bullente del mundo supone, sin duda, una ventaja.

Habría gente que podría pensar que, dada su localización, la mansión McAbbot es vulnerable a los asaltos. Sin embargo, la entrada está protegida por una imponente verja de hierro forjada en Toledo. Los perros, tres pastores alemanes jóvenes y sanos, de nombres Ventisca, Zeus y Lázaro (este último es el favorito de McAbbot), corren libres por el amplio jardín. Si esto no fuese disuasión suficiente para matones, rateros y chantajistas, Williams se encarga del resto.

La fachada del caserón es como el semblante del mayordomo que la custodia, y ambas reflejan algunas de las cosas que se pueden encontrar en su interior. Cuando es necesario, el aspecto del conjunto es atractivo, señorial, educado y orgulloso. La fachada blanca acude a la sonrisa educada de Williams. Incluso la puerta se abre como una reverencia, con ligero crujido de excelente madera. Sin embargo, a la hora de rechazar huéspedes indeseables o intrusos, da la sensación de ser una fortaleza inexpugnable de paredes lisas, y su cutodio, un alguacil experto en la práctica de tiro.

El interior de la mansión, como en lo más profundo de las almas de los políticos, buscan cobijo inquietudes, aficiones y pasiones. De todas las cosas que se pueden encontrar en su interior, quizás la que más contraste con el carácter señorial del conjunto, sea Sara. Una nota de color que alegra el día a día con divertidas y en ocasiones peligrosas anécdotas de reportera intrépida que cuenta en las ocasiones en que visita la mansión. Al fin y al cabo, McAbbot siente y agradece una simpatía paternal por la chiquilla de apenas 21 años, y, especialmente, por su punto de vista sencillo, directo y sincero de las cosas. Estos elementos aportan una perspectiva fresca sobre asuntos que, con más frecuencia de lo previsto, acosan y emborotan la mente del dueño de la mansión y sus habitantes.

El toque místico se encuentra en los sótanos del ala oeste de la mansión, donde una puerta que McAbbot no duda en abrir ante invitados distinguidos, da a un pasillo con algunas estancias. Las dos primeras guardan algunas reliquias, cuadros, estatuas y documentos curiosos de alguna colección que luego fue menos apasionante de lo prometido, mientras que la tercera, da lugar a un pequeño laboratorio cuya principal atracción es un generador de electricidad que alimenta parte de las comodidades del edificio, inluyendo el teléfono, cuya instalación fue objeto de reseña en algunos periódicos londinenses.

La distribución de las habitaciones es, así mismo, inteligente y ordenada: en el ala oeste, en el piso supoerior, se encuentran las habitaciones de los sirvientes y del propio McAbbot, mientras que a pie de calle se ubican los servicios típicos de la mansión, incluyendo un pequeño salón que hace las veces de despacho, desde donde McAbbot, o Williams cuando el señor no está en el hogar, gestionan los diversos negocios marítimos que alimentan la casa.

Por otro lado, en el ala este, en el primer piso, se encuentran las habitaciones de invitados, que pretenden dar comodidad e intimidad al mismo tiempo a los tres huéspedes que se pueden acoger en ellas. Directamente bajo ellas, se ubican el comedor principal y la sala de ocio, que se compone de una gran biblioteca en la que dominan los temas marinos y económicos, a pesar de que el hueco destinado a libros de sociología y filosofía moderna empieza a exigir más espacio. Acompañándola, hay una sala de juegos con una excelente mesa de billar, una barra en la que nunca faltan ni la buena cerveza ni el buen whiski, y varios sillones en torno a una mesa circular decorada con un tablero de ajedrez, que se ubican en la esquina más cercana a la imponente chimenea que alumbra, cuando la ocasión lo requiere, el lugar.

Bio:

Robbert McArthur, sexto hijo resultado de un matrimonio que había logrado que su apellido fuese sinónimo de honor, buena reputación pero, sobre todo, prosperidad, más allá de Escocia, esto es, en Londres, capital a la que se mudó el joven matrimonio cuando la Reina decidió, en un arrebato integrador, conceder el título de Sir a algunas nuevas familias ricas del imperio británico, especialmente a aquellas que habían hecho del comercio una de las principales fuentes de ingresos de la corona.

Sin embargo Robber nunca tuvo muchas oportunidades de aprovechar el apellido más que para meterse en alguna cama ajena a agenciarse a la mujer de alguien. La principal razón de esto fue, sencillamente, la despreocupación que su señor padre demostró siempre. Los primeros hijos que tuvo, fueron siempre bien mimados. En cuanto cumplieron la edad adecuada, accedieron pronto a puestos de cierta responsabilidad en la empresa de papá, en la que escalaron rápidamente por méritos propios o, sencillamente, por ser los hijos de los dueños.

Sus dos hermanas fueron también, dentro de lo que cabe, más afortunadas que él. La familia se encargó de educarlas en las artes maritales, y contrajeron pronto matrimonio con otras tantas familias lucrativas, formando así importantes lazos sociales e industriales que permitieron satisfacer las aspiraciones de poder de la familia, que pronto se convirtió en un clan, bien integrado en Inglaterra, respetado fuera de ella y lucrativo para todos los que se relacionaban con ellos.

Pero, tras el nacimiento de su segunda hermana, el quinto hijo de la familia, ésta decidió que ya habían tenido suficiente. Criar a 5 hijos y dejarles bien colocados, asegurarse de que entendían que la fortuna familiar no estaba para dilapidarla, y repartir la herencia a años vista, era más que suficiente para un padre con la sospecha de que su sexto hijo era el fruto de las relaciones entre su esposa y algún pobre diablo del West End londinense. Afortunadamente, la muy puta había tenido la decencia de parir un niño pelirrojo y él la doble moral suficiente como para comprender que, si en sus viajes las mujeres de compañía no podían faltar, ella, angelical, virginal, casi divina o celestial, tenía picores que él no quería satisfacer.

Sencillamente, Robbert fue excluido del clan. No socialmente, claro, siempre hubo fiestas de cumpleaños para él, jamás le faltaron regalos en navidad, ni se le impuso una educación digna de la de sus hermanos. Sencillamente, se aparentaba con él, se le criaba como el que cría al hijo de un criado y desde muy pequeño se le dejó claro que, definitivamente, no todos los hombres eran iguales. Desde luego, a él no le trataban igual que a sus hermanos.

El día que su padre reunió a toda la familia, contaba con 12 años. Su padre era aún joven, quizás le quedasen aún 20 o 30 años de vida, con suerte, pero ya tenía clara cómo iba a repartir la herencia. Estaba a punto de realizar un importante viaje de negocios a África, y no era seguro que terminase de volver. Lo cierto, es que estaba ahí para repartir prematuramente la herencia. Por supuesto, a Robbert le quedó una pequeña casa en el West End, como insulto personal a la madre, unas cuantas libras que podría darle para vivir comodamente hasta los 18 o los 20 años, y la recomendación de que se alistase en el ejército, o la marina, en cuanto tuviese la oportunidad.

Bueno, ¿qué podía hacer Rob? Su padre partió y pronto quedó claro el desprecio del resto de sus hermanos hacia su persona. No era nada demasiado hostil, al fin y al cabo, sus respectivas herencias no se habían visto afectadas, pero su indiferencia hacia Robbert era, cuando menos, dolorosa.

Así pues, a la tierna edad de 14 años, paseando por el West End, Robbert encontró la oportunidad de su vida. Se alistó en la marina y pasó algunos años, con las pocas libras que le había dado su padre, en la escuela de oficiales, donde aprendió los modales, el honor, y, por lo general, la doble moral que su clan jamás le había enseñado, de la mano de personajes tan socialmente aceptables como putrefactas estaban sus almas. El mayor exponente de esto fue Harry Flashman, que años más tarde, en los albores de su vida, se hizo especialmente famoso (o más famoso) por la publicación de sus memorias, en las que, casi literalmente, se meaba en todos los honores y respetos recibidos a lo largo de su incesta vida. Pero esta ya es otra historia.

Las Indias, las Américas, el sur de África, incluso Europa… Batallas, negocios y tráfico comenzó a mezclarse en su vida, que a partir de los 18, transcurrió muy lejana de su Inglaterra natal. Hubo mujeres de las que jamás podría hablar, fumaderos de opio que nunca debería mencionar y tráfico de gente, telas, oro, diamantes, que jamás debería comentar.

Cuando cumplió 20 años, ya estaba a cargo de una pequeña embarcación. Había logrado sortear una gran cantidad de combates navales en su carrera, y los que había tenido, habían supuesto fáciles victorias. Eso no quitaba para que, pese a que la guerra no fuese su principal preocupación, supiese defenderse tanto en cubierta como en los muelles.

Había logrado un cargo de oficial y eso era más que suficiente para que, cuando volviese a Londres, la gente evitase preguntas sobre la pequeña fortuna que empezaba a amasar. Ese viaje de regreso al hogar no se hizo esperar: su padre sufría unas terribles fiebres desde hacía algún tiempo, quizás alguna enfermedad tropical o algún animal que le hubiese mordido de Saffari. Quizás, a su regreso, el cabrón estaría ya muerto y no tendría que soportar su ironía hiriente y sus hermanos tuviesen demasiadas preocupaciones como para fijarse en él.

En efecto, así era. Su padre había muerto a los pocos días de enviar la carta a su sexto hijo, varios meses atrás. Sus hermanos, a partir de entonces, ahogaban su dolor dilapidando la fortuna familiar. Sus hermanas, se esforzaban porque no se rompiesen las relaciones en el Clan debido a los endeudamientos, que cada vez eran mayores, su madre, consternada, perdía a todos sus hijos, y el sexto había crecido con otras madres que le diesen la teta. Sin embargo, si no podía hacer nada por los cinco primeros, educados de forma y manera que, para ellos, la mujer no era más que un ser enviado por Dios al que debía cuidarse para que pariese a nuestro antojo, quizás el sexto la viese como lo que era en realidad: una mujer preocupada por el porvenir de sus hijos.

Así fue.

Las influencias de Robbert, sus viajes, aventuras, negocios con otras culturas, le habían hecho comprender muchas cosas que la sociedad inglesa, sencillamente, consideraba temas Tabú, así que escuchó a su madre cuando ésta le comentó que, la única manera en que podía sacar a la familia adelante, dado que ningún otro de sus hijos era capaz de humillarse lo más mínimo por alguien que no fuese él mismo, era recurrir a altas sociedades, de gran influencia y, por ende, exageradamente exclusivas.

10 años tardó Robbert en impulsar sus negocios, con un único objetivo: pertenecer a lo más alto de la sociedad Londinense. Muchos bailes, prestamos de ida y vuelta, fiestas, cumpleaños, regalos exóticos y aventuras mil y una veces narradas para entretener a propios y extraños. Cinismo, doble moral que le pintaban como un hombre pulcro, escocés de pura cepa, pero que, en privado, era capaz de hablar de tráfico de negros y putas, de Opio y de la ruta de la seda.

A los 30 años, fue admitido en El Club (real). 3 años después, a la edad de Jesucristo, fue propuesto para ingresar en la sagrada Orden de los Regulistas (inventada). Una sociedad que no aparecía en ningún registro, de la que no se sabía nada, a menos que pertenecieses a ella, dedicada a manejar los principales negocios de la Corona, protegerla y, porqué no, estudiar lo que hay de cierto en lo gótico y lo oculto.

Robbert sabía que, al entrar, se le denigraría, como al resto de los novatos. Sería despellejado de su honor, pasaría un bautismo horrendo y, entonces, formaría parte de la sociedad, podría cambiar su apellido, olvidar a sus hermanos, mandar a su madre a Europa, y empezar a pugnar por el poderío inglés junto a compañeros que le apoyarían incondicionalmente.

Sin embargo, los planes de los Regulistas, eran completamente diferentes. El padre de Robbert había luchado enérgicamente, sin saberlo, contra esta sociedad por el control de ciertas parcelas, como pueden ser los muelles del West End, así que reclutar a su hijo, aunque se rumorease que era un bastardo, y ponerle de su lado era el “coup de grace” a un clan que, cada vez, estaba más desintegrado. Pero eso no quitaba para que, al mismo tiempo, pudiesen vengarse del padre, muerto prematuramente, en las carnes del hijo.

Le humillaron hasta el extremo: le desnudaron y le arrojaron, borracho como una cuba, al barro, donde orinaron todos y cada uno de ellos encima de Robbert, le obligaron a seducir a viejas de alta cuna, a dejarse azotar desnudo mientras tomaba té, etcétera.

Tras cada una de estas ‘pruebas’, Robbert ganaba mejores accesos a importantes contactos, títulos, honores, entrevistas incluso con la reina. Logró cambiar su apellido por el de McAbbot y, por fín, se le presentó la última prueba, la que hacía referencia a lo oculto, la verdadera razón de ser de la hermandad.

Le encerraron, por un tiempo indefinido, en una habitación de un sótano, sin ventanas. “tenemos algo que debemos alimentar. Realmente es extraño, puesto que él también nos alimenta a nosotros, lo estamos estudiando y, básicamente, tú eres nuestro conejillo de indias”. Robbert no había llegado hasta ahí para darse la vuelta ahora. Realmente no le interesaban lo más mínimo las historias de dráculas, ni doctores, pero dado que el ocultismo formaba una parte de la sociedad, debería asumirlo si quería ser un miembro de pleno derecho.

Así que fue encerrado en una habitación de un sótano durante más tiempo del que Robbert pudo contar. El hambre acuciaba, la sed comenzó a ser insoportable y la soledad hizo que su mente le jugara malas pasadas.

Al principio las alucinaciones tuvieron forma de ojillos: pequeños y mezquinos, que iluminaban la terrible oscuridad a la que el ojo de Robbert no podía acostumbrarse por mucho tiempo que pasara.

Dias después, escuchó susurros. Términos sueltos incomprensibles, lenguaje de magos sombras. Robbert tenía el mundo suficiente como para saber que aquello no era más que una jugada de su cerebro para evitar pensar en el hambre, la sed y la soledad que arrastraba en el sótano desde hacía algunos días.

Lo peor fue cuando, según la cuenta del propio oficial, ya debería estar muerto de sed y hambre. Frases que comenzaban a tener sentido, explicaciones sobre cosas que Robbert no podía, pero debía entender. El papel que jugaba en todo aquello, el Hambre, el Ansia, la sociedad oculta tras la sociedad oculta… La Paranoia, la Esquizofrenia, comenzó a mezclarse con sus recuerdos. Su moral fue puesta a juicio por una presencia que no podía ser otra que su propio juicio. Preguntas incisivas que parecían ignorar su vida, alguna parte de su cerebro que no terminaba de funcionar. ¿o había realmente alguien ahí?

Robbert estaba cada vez más débil, sin duda, pero según sus cuentas, hacía semanas, quizás meses, que debería haber muerto. Algo había que lo alimentaba, igual que él sentía que alimentaba algo que había ahí.

Poco a poco, comprendió que, en efecto, había una presencia sobrenatural con él, aunque no era capaz de diferenciarla de su propia paranoia. En sueños, o despierto tal vez, la presencia, o su locura, le dieron instrucciones sobre los Regulares: una sociedad enemiga de los de su clase, pero, al mismo tiempo, manejada por los de su clase. Un arma tremendamente efectiva, cazadores y estudiosos que abrazan el ocultismo para luego acabar con aquello que no les conviene a sus amos, otros seres de lo oculto .

La presencia hizo y exigió promesas de lealtad. Amenazó, suplicó, hirió, se mofó… pero no fue hasta que le arrancó un ojo, que Robbert no comprendió que todo aquello era tan real como la habitación.

Robbert se había enfrentado a mercenarios que querían el doble de paga, a usureros, a putas expertas en el arte de envenenar, había tenido algunos duelos, bastante exitosos, había corrido para salvar su vida y había perseguido para acabar con la de otros… pero aquello… aquello superaba todas las expectativas.

Cuando Robbert aceptó el trato, pensó que había vendido su alma al diablo.

Ojalá sólo hubiese sido eso.

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Enrage
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Ahora mismo, Robbet McAbbot se despierta en su hogar, heredado de su padre, en el West End. Del edificio en el que estuvo tanto tiempo no queda nada, ni rastro del sótano. ¿Qué día es? Lo primero es coger un periódico y tratar de discernir hasta qué punto era todo un sueño o era real. Cuando acude a asearse, observa algo inquietante: la bañera está llena de sangre.

-Por los clavos de cristo…

Robbert McAbbot

A Midsummer Night's Dream Primeless