Mike "el cortesano"

Personaje de Alberto, no sabemos si jugará...

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Bio:

Mike “El Cortesano”.
Nacimiento humano: 1829. Transformación: 1852. Clan: Daeva. Alianza: Ordo Dracul.

Mi nombre es Mike “El Cortesano”. Soy ciudadano inglés y pertenezco a la clase trabajadora. Mi madre era una prostituta de cierta fama, ya que se rumorea que se acostó con más de un burgués adinerado, pero eso es algo que nunca quiso decirme. Nunca hablaba conmigo de su trabajo. Tampoco sé quien es mi padre. Mi apellido, o más bien apodo, “El Cortesano” se debe al oficio de mi madre, pues es una “Dama cortesana” o “Ramera de calidad” como se dice en España, y al anonimato de mi padre. Tengo ciertas sospechas de quien puede ser, ya que mi parecido físico con el hijo de un burgués es más que notable. Debido a ello muchas veces me han confundido con él, y yo he sabido explotarlo en mi beneficio. No lo voy a negar; somos atractivos. A mi por lo menos, me ha servido para llevarme a más de una ricachona a la cama y más de un monedero al bolsillo.
¿Mi trabajo? No tengo un trabajo oficial. No limpio chimeneas ni cuido tierras, en realidad vivo del trabajo de otros. Me dedico a engañar a los ricos para que me den el dinero que no les corresponde tener. Es fácil hacer creer a un burgués que va a recibir un cargamento de cereales a bajo precio cuando quien se lo dice es otro de su calaña. Es fácil engatusar a una niña rica que nunca ha recibido el calor de un hombre y es fácil sacar todo el oro de su monedero mientras la estás haciendo sentir como una perra jadeante. Mamá siempre me decía que “ni la belleza ni la vida son eternas” así que me alentaba a vivir el día a día y a conseguir mis metas como si no hubiera un mañana. Gasto la mayor parte de mi dinero en comprar ropas y abalorios que denoten mi calidad de burgués rico. De hecho en más de una ocasión me he dedicado a espiar a mi “gemelo” para copiar sus gustos y ropajes.
Recuerdo una ocasión en un espectáculo de hipnosis, en la que me ofrecí al vidente como un burgués rico reticente de esas creencias. Le dije que si lograba hipnotizarme creería firmemente y cambiaría mi forma de vida, pero que debía pagarme una considerable suma si me quería como estrella de su espectáculo. Aceptó el trato y pagó unas cuantas monedas que luego recuperó con creces gracias a la contundente asistencia de público. Realizamos el espectáculo que fue, por mi parte, una obra teatral de insuperable talento. Convencí tanto al público como al vidente de que estaba sometido a un proceso hipnótico y que durante el proceso incluso había vislumbrado un futuro lleno de riquezas para todos los pobres y pobreza para todos los ricos. Antes de finalizar el show me aseguré de que todos los asistentes supieran que si visitaban mi casa durante los próximos días recibirían dos libras esterlinas para ayudarles a salir de su mala situación económica. No me cabe duda de que en los días siguientes la casa del burgués fue el lugar más frecuentado de toda la ciudad.
Tengo una hermana, o hermanastra, o vete tú a saber. Aunque desconozco su paradero. Nos separamos poco después de morir mamá de un brote de cólera. Katie había decidido dedicarse al oficio de mamá, ya que su innegable belleza y sus exuberantes encantos llamaban la atención a cualquier varón de más de 12 años. Mamá no quería que Katie trabajara como ella, quería una vida mejor para su hija, pero Katie es una comodona. Dice que a mamá no le ha ido tan mal pues se relacionaba con burgueses, cosa que la mayor parte de nuestra clase no puede permitirse. Tras morir mamá, algunas personas adineradas murieron también del mismo brote de cólera. Se rumorea que un banquete de marisco en mal estado acabó con todos los comensales de aquel encuentro. Su muerte afectó mucho a Katie, que se fue con un cliente de mucho dinero, quien la prometió consuelo y grandes lujos, y no volvió. He ido en busca del tal Richie, ese presunto burgués foráneo de mucho dinero, pero no he encontrado rastro de él en ninguna posada ni en ningún “trato comercial” de los que vengo realizando. Temo que a mi hermana la haya engañado alguien como yo…
También tenía una amiga, Mary Jane. Mary Jane era una chica pobre, del mismo oficio que mi madre y mi hermanastra, pero con un capital bastante inferior al de mi familia, pues no poseía ni los encantos ni el atractivo de mi hermana. Nos conocíamos desde niños. Siempre que he tenido ocasión he compartido un plato caliente con ella. A veces yo contribuía a pagar la renta de Mary Jane, pues tenía dificultades para pagar unos impuestos tan altos. Esa chica tenía algo especial, la protegía como si se tratase de otra hermana. Supongo que tendrá algo que ver con su situación social, algo que no merecemos ninguno de los pobres que vivimos en ese país. Y hablo de ella en pasado porque no hace mucho fue encontrada muerta, en su casa, con claras evidencias de haber sido asesinada. El asesinato ha sido atribuido a un psicópata que anda suelto y mata a mujeres como mi amiga, mi madre o mi hermana. Le llaman Jack el Destripador.
A veces, cuando quiero desconectar de mi rol de burgués, suelo frecuentar un bar. El bar Home, que más que un bar es un antro. Un bar de los suburbios donde bebemos la gente de clase pobre, donde las prostitutas descansan y comen algo entre cliente y cliente, donde los trabajadores de las fábricas, mineros y de otros oficios beben para ahogar la pena que les reporta su miserable vida. Yo también me siento hastiado de esta situación y a veces caigo en las bondades del alcohol para apaciguar mi rabia.
Una noche, estando en el bar Home, conocí a un hombre. Era un hombre alto, moreno, de tez pálida, de gran presencia, que me preguntó a que aspiraba en esta vida. Yo, borracho, le contesté que aspiraba a tener más mujeres que oro y más oro que la Iglesia. Él, inmutable por mi respuesta, me preguntó que si en mi afán de querer, solo quería cosas materiales. ¿Y qué otra cosa puede haber? Le pregunté yo. Entonces me contó cosas que yo jamás había pensado. Mi capacidad de razonamiento, mi habilidad para el engaño, mi conocimiento del sistema burgués, todo eso era conocimiento de cosas inmateriales que yo poseía y del que no me había dado cuenta. Me dijo que tenía potencial, pero que no tenía los medios adecuados para saber, conocer y comprender. Que vivía en una sociedad evocada al materialismo y a la miseria, que la verdadera riqueza se encontraba en saber, en trascender. En aquel momento le tomé por uno de los locos filósofos que hace unos años empezaron a aflorar y a reivindicar un cambio social. No obstante me picó la curiosidad y fui yo quien se acercó a él una segunda noche. Empezó a contarme cosas sobre revolución social, cambios económicos, industrialización, lo que estaba suponiendo el ferrocarril, la sanidad pública, el derecho a la huelga, conceptos que debía conocer para asegurarme un futuro mejor. Debía “aprender a aprender”, pues hasta ahora sólo había aprendido “en la calle”. Poco a poco, cada noche, iba reuniendo más y más curiosos que se acercaban a escuchar lo que aquel misterioso hombre tenía que decir. No cabe duda de que empezó a generar un sentimiento de cambio en la gente, que harta de su situación social, había encontrado en aquel hombre un bastión de fortaleza para afrontar una batalla por el cambio que hasta ahora se había producido en otros sectores, pero no en el nuestro. Una de esas noches, nos empezó a hablar también de la muerte. La vida no es eterna, pero la muerte sí, nos dijo. En cambio, conocemos muy poco de la muerte. Venimos aquí a luchar en la vida y a descansar en la muerte, nos dijo. Eso también se puede cambiar. Si no estuviera tan claro el límite que separa la vida de la muerte, podríamos aprovechar la muerte para seguir luchando en vida por algo mejor, aprovechado la eternidad de la muerte. Muchos le tomaron por loco. Hubo gente que se empezó a levantar de la mesa, pensando que era otro psicópata como Jack el Destripador, pero yo en cambio, me quedé allí, por si acaso era él, poder ajustar cuentas por Mary Jane, o por si podía seguir teniendo razón en lo que decía y contarme algo que no supiera de la muerte, de la muerte de mi madre, de la muerte de mi amiga, o incluso de la de mi hermana… En cualquier caso, yo no me podía levantar de allí.
Siguió diciendo un montón de cosas raras, sobre conocimiento, inmortalidad, eternidad. La gente terminó por irse de la mesa y dejarnos allí al hombre de tez pálida y a mi. Me propuso salir del bar para seguir la charla, pues se había hecho tarde y quedaba poco para que amaneciera. Acepté a acompañarle de camino hacia casa, imaginándome que el desenlace de tantas conversaciones podría ocurrir allí. Me llevé un cuchillo del bar, por si tenía que sacarle información que aun no me hubiera contado.
Tras unos metros caminando, en silencio, donde prácticamente sólo podía oir mis pisadas, perdí el conocimiento.

Mike "el cortesano"

A Midsummer Night's Dream isgaard