A Midsummer Night's Dream

Las Tribulaciones de Marylin

Marylin se movía por la noche con más aplomo que muchos hombres. Ni su edad ni condición de mujer le impidieron adentrarse en la morgue a altas horas de la madrugada. Le tranquilizó pensar que apenas habría algún bedel despierto, y esta vez no necesitaría usar engaños ni su cara de hermosa joven desvalida para acceder a las pruebas. El reconfortante tacto del fajo de libras que le había dado su benefactor, además de asegurarle un soborno que dejaba fuera de toda cuestión las preguntas, le permitiría comprar una cinta nueva para la máquina de escribir, plumillas, papel y tinta, y de paso hacer algunas mejoras en su vestuario, que cada vez resultaba más ruinoso y le resultaba avergonzante cuando debía acudir a situaciones sociales con caballeros y damas de alta alcurnia.

El feo encargado de guardia le había puesto una mueca de extrema repulsa e indignación al exponerle ella el motivo de su visita. Agravado por su condición de mujer (casi de niña, pues no era muy alta ni voluptuosa) el sujeto empezó a abrir la boca para soltar un predecible sermón sobre la decencia, el pudor y el respeto a los muertos, pero antes de que hubiera articulado su gruñido, la vista del billete de 5 libras que ella sacó de entre sus ropas y le puso en la mano acalló toda cuestión, tal y como ella había imaginado.

La dejo a solas en la fría sala, que apenas iluminaban unas tímidas lámparas de gas, pero no antes de haberle indicado donde podía encontrar los cuerpos. Según entendió, el primer cadáver ya había sido retirado para su entierro hace días, pero los otros dos seguían allí. Abrió el crudo armario de metal que servía de lugar de reposo para la segunda mujer asesinada, y no pudo evitar un escalofrío en la nuca cuando su mano agarró el gélido tirador que sacaba la camilla.

El cadáver salió con un leve chirrido, cubierto de una manchada tela blanca empapada de sangre seca donde cubría el bulto. Lo examino sin tocarlo, y confirmó lo que ya había escuchado de boca de los testigos: alguien le había extraído varios órganos tras abrirla en canal desde la garganta hasta sus partes pudendas con un limpio corte recto, sin duda producido por un objeto muy afilado en manos de alguien vigoroso y experto. Aunque los tejidos parecían más deteriorado de lo que les correspondería tras apenas unas noches, se fijó en que las escasas ropas que adornaban su cuerpo pertenecían a su dueña, y además de corresponderse los desgarrones con sus heridas, denotaban que era una prostituta, y parecían encajar con todos los detalles de la historia.

Al examinar el otro cuerpo, enseguida se dio cuenta de que algo no era correcto. Los restos que correspondían al tercer asesinato parecían ser el de una mujer mayor, y definitivamente muerta desde hacía más tiempo. No se explicaba que aquel cuerpo, de una mujer vieja y menuda, muerta de forma aparentemente natural y a la que le habían provocado unas torpes mutilaciones ya cadáver, pudiera ser el de la bella Elizabeth (que hasta la noche anterior recorría las calles encandilando a los hombres con sus poderosas curvas). Alguien debía de haberlo cambiado.

Sin embargo, mientras abandonaba el sórdido sótano se percató de que de nuevo en sus investigaciones volvían a aparecer pistas de magia y robo de órganos, que probablemente estuvieran relacionados con ritos oscuros y temibles cultos de adoradores al demonio. Tenía que seguir investigando.

Las pistas que tenía hasta ahora (y que se habían tornado mucho más siniestras desde que su nuevo patrón la animara a husmear en los asuntos más terroríficos de la ciudad), le conducían hacia ChinaTown. Quería investigar la presencia de un misterioso personaje llamado Fu-Long que se rumoreaba era el más poderoso brujo de Londres, y los rumores de que en los bazares del barrio chino se traficaba con esclavos, drogas, (y hasta cuerpos y almas si uno creía las habladurías).

Estaba casi amaneciendo cuando se adentró en el corazón del barrio de la comunidad china de Londres. La zona estaba muy al este, ya cerca de los puertos y astilleros en los que muchos de sus habitantes trabajaban. Estaba terriblemente sucia, y era alarmante la forma en que la humanidad se concentraba de forma insalubre en aquella barriada. Podía verse a gente durmiendo en los estrechos balcones de las pocas casuchas afortunadas que tenían uno, y donde la existencia de ventanas permitía ver el interior, el hacinamiento era exagerado.

El problema de la comunicación (muchos hablaban solamente algún dialecto del chino, o algo aún más extraño) no la desanimó. Había estado haciendo preguntas sin éxito durante largas horas cuando una puerta en un callejón se abrió, y la figura de un bien formado joven se asomó haciéndole gestos para que se acercara. Parecía que alguien había oído su historia, que había repetido esa noche en mil tiendas de hierbas y otras medicinas exóticas, y se ofrecía a darle respuestas. Sin dudarlo se acerco al callejón, y tan pronto como cruzó la puerta, empezó a hacer preguntas a su inesperado confidente. El joven se llevo un dedo a los labios, y con el gesto le pidió silencio.

Ella obedeció dócilmente, y aun en la oscuridad casi total donde se encontraba, empezó a percibir que algo estaba mal en ese chico. Sus rasgos orientales parecían delicados y su cuerpo compacto y robusto estaba perfectamente esculpido, pero sus ojos tenían algo extraño, algo oscuro…

El joven la llevó por una serie de pasillos, a veces túneles, que no había visto antes y que parecían extenderse bajo las calles del barrio. Atravesaron espeluznantes cámaras, fumaderos de opio, burdeles, casas de apuestas y lúgubres cloacas hasta que mareada, chocó con un maltrecho cuerpo encadenado a una pared y se encontró completamente desorientada. Miró en derredor y se dio cuenta de que hacía un rato que había perdido a su guía. Su mente se encontraba como adormilada entre tanto horror, tanta miseria humana, que se negaba a asimilarlo todo de golpe. Había estado vagando casi como en un sueño, sin apenas percibir el húmedo y blando suelo bajo sus pies. Todo se volvió oscuro.

Cuando volvió a despertar no tenía ni idea de donde estaba, pero no reconoció esa cámara, pues era mucho más siniestra que las que había visto hasta ahora. Le daba tanto terror que sentía ganas de gritar, pero al intentarlo se percató que su boca estaba cubierta por una mordaza de cuero y su cuerpo estaba atado como un fardo, sujeto por cadenas a una argolla del muro. Su suerte, pronto advirtió, era mucho mejor que la de sus compañeros de cautiverio.

La sala era enorme, aunque resultaba muy difícil apreciarlo. La escasa iluminación de las velas, y las sombras de la mugre y sangre seca en las paredes y el suelo no permitía hacerse una idea clara. Tampoco su propósito resultaba evidente a primera vista. En el centro de la sala había una especie de piscina excavada, y por el suelo, entre las mesas oxidadas, discurrían una serie de canales que iban a desembocar en ella. Los restos de sangre eran abundantes en toda la zona, y la pegajosa capa rojiza del suelo no dejaba mucho lugar para la imaginación. En el techo había instalado un sistema de raíles, que permitían desplazar unos enormes ganchos que colgaban de ellos. Muchos de ellos estaban vacíos, la mayoría arrinconados, pero unos cuantos estaban dispuestos encima de alguna de las mesas, o directamente colgando encima de la macabra piscina, lo que permitía advertir la cara de horror de las pobres personas que colgaban de ellos mientras se desangraban, y su sangre era canalizada hacia la abertura.

Sin embargo fue el olor lo que la decidió por su función. Probablemente aquello había sido un matadero en los días en los que el barrio chino no existía y los pueblos cercanos a la ciudad albergaban tales instalaciones. Eso explicaba como un lugar tan terrible, grande y abandonado, estuviera olvidado por los habitantes de Londres. Alguien había puesto a buen uso semejante lugar de pesadilla, y apostaría que ese “alguien” era el que ahora descansaba en una silla enorme en el centro de la piscina, entre unos braseros que despedían vapores y hogueras que prendían incienso. Cuando Marylin empezó a moverse, el sujeto pareció darse cuenta. Sin prisa tomó el cáliz que reposaba al lado de la gran silla, y lentamente se fue acercando a ella.

Al verlo a punto estuvo de desmayarse. Sus piernas empezaron a aflojarse ante su amenazadora presencia, que inequívocamente se movía hacia ella, y notó un reguero caliente resbalando por su pierna, humedeciendo de orín sus medias y su piel en cuanto lo tuvo delante y pudo verle el rostro. Era una sensación de miedo como nunca hubiera conocido, tan tangible que casi podía palparlo en el ambiente. No era solo la situación, sino que su mente se encontraba al borde del colapso, incapaz de pensar más que en los más básicos instintos de supervivencia, pero sus captores habían hecho bien su trabajo, y las ligaduras no se inmutaron ante los tirones y salvajes golpes que empezó a dar su tembloroso cuerpecito.

Luchaba para no mirarle a los ojos, pero cuando empezó a hablarle no pudo contenerse. Entre sus lágrimas pudo ver el horror en aquel cuerpo mutilado, en aquel rostro despellejado en el que unos rasgos de pesadilla parecían haberse posado aleatoriamente. Le costaba entenderlo con ese pesado acento, y sus palabras apenas tenían sentido para ella, pues su mente no podía regir, y se notaba al borde de la locura.

La sensación de mareo se acrecentó cuando el sujeto se situó a su lado, y tras coger algún objeto de la mesa que no adivinaba a ver, la tocó. Su captor le colocó un extraño collar al cuello, duro y apretado, que casi no le dejaba respirar. En el cuero debía de haber una argolla de metal, podía sentir el frío a un lado de su cuello, y su verdugo introdujo un afilado punzón por la abertura hasta que un fino hilo de sangre empezó a manar, y antes de que se derramara por el suelo, le colocó un cuñete. El torpe grifo detuvo el fluir de la herida, pero ella estaba rozando la inconsciencia y apenas se percató cuando el grifo se abrió para rellenar la copa con su sangre…

Comments

Grrrrr…

Estamos comentando en la entrada anterior!

Esta es la correcta.

Las Tribulaciones de Marylin
 

LUZ! FUEGO! DESTRUCCIÓN!!!

Las Tribulaciones de Marylin
isgaard

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