A Midsummer Night's Dream

Las pasiones de McAbbot

En el momento que Rob McAbbot cruzó el umbral su capa se hinchó y entró con el toda la ventisca de la fría calle, salpicando de nieve el tenuemente iluminado hall que servía de discreta entrada al lujoso prostíbulo. El cortante frío amenazó con apagar las escasas velas rojas distribuidas por la pequeña habitación y congelar a las mozas tan escasamente ataviadas que enseguida se apresuraron por la escalera ante el tintineo de las campanillas.
Según su cuerpo absorbía el escaso calor de la sala, su sangre empezó a calentarse, pero ya desde que había puesto un pié dentro del local notó que lo hacía de una manera tan furiosa que parecía que iba a hervir. Todos sus instintos se dispararon, pero la excitación de ver los bamboleantes senos de las prostitutas que se acercaban a recibirle palidecía ante la expectación (a duras penas reprimida) de un encuentro que llevaba mucho tiempo anhelando en su interior y que había recreado en su mente incontables veces últimamente.
Incluso el dulce aroma de las sangre, latiendo en los cuerpos de las rameras casi desnudas que lo provocaban, moviéndose lascivas a su alrededor cuando le quitaron la capa y el frio mientras decían su nombre en susurros, no lograba apenas desplazar los sucios pensamientos que ahora se agolpaban en su cabeza y que le inundaban con sus más oscuros y lascivos deseos.
Casi podía sentir ya la cálida carne trémula de la joven Violet agitándose indefensa bajo sus frías y duras manos, la suave piel canela magullada y amoratada por sus crueles golpes, su sangre colmada de sublimes aromas de miedo y dolor brotando de los cortes y laceraciones, latiendo con fuerza en los moratones y agolpándose con violencia en los hinchados pezones con cada bombeo… Ya casi notaba templada la calma que inundaba los oscuros rincones de su alma después de desatar toda su furia en su frágil cuerpo…
Aún perdido en sus lujuriosos pensamientos la corta espera se le estaba haciendo interminable. Las otras putas le habían dicho que su deseada Violet se estaba preparando especialmente para él, y aunque habían sido advertidas por su Madame que Mr. McAbbot esperaría impasible, lo cierto es que en su perturbado estado de agitación y ansia, cada vez se le antojaba más duro reprimir sus instintos de aplacar todo el torbellino que se agitaba en su cabeza y desquitarse con una de esas rameras que lo tentaban con sus pálidas carnes que se contorneaban apenas ocultas bajo sensuales encajes y trasparentes sedas…
Cuando los latidos de su propia sangre en las sienes parecían a punto de hacerle explotar, una furcia más joven aun apareció y le guió por las escaleras hacia el sótano donde nunca había estado. Iba siguiendo la fragancia de su cabello, pues enseguida comenzaron a bajar, la escasa luz de la vela que portaba apenas si le permitía atisbar la recortada silueta su aniñada desnudez contra las ligeras prendas. En el breve trayecto pasaron por delante de puertas cerradas donde incluso con los sentidos saturados pudo notar la presencia de niños, oler los animales que allí se usaban para las más perversas fantasías, y escuchar los golpes y lamentos que escapaban amortiguados de las oscuras mazmorras… al tiempo que el cargado y sudoroso ambiente empezaba a distraer a su bestia.
En el instante en que la gruesa puerta se abrió, sus agudos instintos de depredador recorrieron la oscura sala, barriéndolo todo como una ola. Más allá de las ligas y el corpiño de seda arrugados sobre la cama, podía notar los aromas que ni las sábanas limpias podían ocultar: semen y fluidos impregnaban el colchón, sangre y sudor secos barnizaban en pequeños charcos suelo y paredes, aflorando bajo los aromas del incienso. A la temblorosa luz de la vela vio el cuerpo perfecto de ella, cruzado por cadenas amarradas a la pared. Estaba de espaldas a él, vuelta contra el frio muro de la celda, los delicados rizos le caían por la espalda de su desnudo cuerpo oscureciendo su piel levemente tostada.
Además de las piernas esbeltas y los delicados brazos en tensión, apreció el volumen de unos firmes senos voluptuosos fruto de la más exuberante pubertad, las nalgas perfectas formaban una redonda y exquisita fruta que llamaba a ser devorada bajo la cascada de rizos cobrizos de la melena de Violet, y justo donde se juntaban los cachetes, por debajo asomaban unos tímidos labios que brillaban, dejando entrever el húmedo reguero de los aceites que se mezclaban con el sudor y el pachuli, y que resbalaban por los exquisitos muslos prometiendo dulces placeres. El cuerpo apenas temblaba imperceptiblemente a causa de la tensión y la fría corriente que se colaba de la puerta abierta. No tenía miedo.
Bajo la trémula luz veía su cuerpo sublime superar todas las expectativas que había imaginado en su mente. Era preciosa más allá de lo que recordaba, incluso mucho más de lo que creía haber soñado: de una belleza juvenil con la piel perfecta y solo levemente almendrada, el pelo más brillante y fogoso de lo que creyó posible. Aun sin apenas ver más que el perfil de su rostro los rasgos eran finos pero carnosos, delicados y perfectos, y la luz brilló soltando destellos verdes y dorados en sus ojos durante un parpadeo que le pareció enorme, bajo la exigua luz de la vela que portaba su joven acompañante, cuando con horror advirtió que por unos instantes había olvidado su presencia por completo.
La sangre en su interior pareció detenerse una fracción de segundo, un latido de un corazón mortal, pero de repente volvió, y era como un torbellino de llamas, más calientes que nunca, y se movía frenética dentro de su cuerpo, agitando la bestia en su interior, y despertando unos instintos y órganos que creía olvidados, pero que siempre habían estado presentes y que ahora reclamaban todas las deudas largamente desatendidas… con intereses.
Al notar la fulminante erección de McAbbot, la joven y pálida putita se apresuró a depositar la vela en la mesa cercana. Los destellos de la llama le forzaron reparar de nuevo en los instrumentos de cuero, metal, madera y porcelana que estaban dispuestos a su lado y a los que apenas había prestado atención. Alineados perfectamente en la mesa, sobre un cojín de terciopelo rojo había variadas fustas, pinzas, falos y mordazas junto a otros instrumentos que en su mente evocaban los recuerdos más amargos de momentos de una vida que parecía muy lejana ahora. Evocando esos sentimientos que parecían olvidados hace mucho, recordaba las agudas “caricias” de sus captores, y recordaba haber confesado antes de haber probado el juego completo, era un hombre de pocas convicciones políticas y demasiado apego a su pellejo.
Tras dejar la vela, la joven chiquilla empezó a desatarse los escasos encajes mientras iba hacia el gran baúl del fondo de la habitación, McAbbot pensó que iba a mostrarle el uso de los instrumentos, quizás incluso pretendía que él la dejara participar, e incluso fantaseó por un momento la perspectiva de tumbarse en la cama como mero espectador y dejarla hacer. Pero sabía demasiado bien que esto era algo íntimo, llevaba toda la vida buscándolo y no podía esperar ni un instante más, así que despidió a la chica con un rápido gesto y una propina, y se deshizo de la chaqueta en el mismo movimiento que cerraba la puerta.
Cuando quedaron solos, ella susurro: “castígame, viólame, libéralo todo, pues no quiero tener que volver a mirarte nunca más sin conocer el verdadero rostro de tu alma”.

Theresa 3

Comments

que mal rollo xD

Las pasiones de McAbbot
isgaard

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