A Midsummer Night's Dream

La Noche del Cazador

Abraham se encontraba solo. Era como se veía: solo contra el mundo, los vivos, la sociedad de los muertos, y también aislado en el tiempo, en una época que no reconocía como propia. Como animal solitario había estado acechando los barrios más miserables de la ciudad, asolando a sus desgraciados habitantes, alimentándose de la sangre de aquellos para quien la muerte es un dulce alivio. Trataba de pasar desapercibido, se aseguraba de que ningún otro condenado le viera tomar a sus presas, pues recientemente las cosas se habían tornado aun más complicadas. Con la llegada de Jack a todos los periódicos las masas estaban revueltas, y la policía acechaba en todos los callejones.
Entonces lo sintió, un impulso como no hubiera sentido antes, la necesidad imperiosa de acudir a una llamada. Trató de luchar, y vio que era demasiado fuerte. Resultaba imposible resistirse excepto los escasos momentos en los que empleaba toda su voluntad, pero acabo cediendo ante lo que parecía inexorable. Iba a acudir a esa cita.
Se movió como por instinto durante más de 20 minutos. Saltando ágilmente con su frágil cuerpo de anciano desvencijado, lo que hubiera resultado un tanto cómico para los caballeros que hubieran podido verle, pero por suerte para ellos, el manto de la noche en el que se envolvía era demasiado profundo para ser penetrado por ojos mortales. Sus mentes estarían a salvo del horror, al menos por esta noche. Se movía como un gato entre las vías de los nuevos túneles de metro a medio construir. Pese a que los trenes aun no circularan por la inacabada ruta, para el resultaban ya de una tremenda utilidad, y le permitían cruzar el caótico centro en una rápida línea recta y acercarse con premura a su objetivo, pues algo le compelía a acudir presto.
Mientras alcanzaba la zona en obras del Puente de Londres, y miró a su alrededor, ni siquiera recordó haber estado allí antes. Algo siniestro estaba actuando, podía sentirlo, pero no podía evitar que su mente continuara obsesionada con llegar a su meta, y trepó como una criatura de la noche cuando se acercó a los andamios que cubrían la majestuosa estructura. Iba a ser un puente formidable, un auténtico ejemplo de superación de la ciencia, un ejemplo de la matemática de la máxima potencia… pero su mente no podía concentrarse en eso ahora, pues solo pensaba en alcanzar la cima, en acudir a la llamada.
Cuando llegó arriba él le estaba esperando. Las sombras le cubrían lo suficiente para tapar los escasos rasgos que las ropas dejaban entrever, pero en cuanto escuchó su voz supo que era él, siempre lo había sabido. Su interlocutor se dirigió al Nosferatu con un tono cortante, apresurando la conversación. Abraham sabía que no disfrutaba con su presencia. Las pocas veces que habían intercambiado algunas palabras tras alguna reunión, habían sido muy breves.
Tanto había cambiado con la muerte, se paró a pensar… Ahora disfrutaba incomodando a aquellos a los que repugnaba, cuando se veían obligados a tratar con él. Saboreaba cada momento de interacción con otros seres, y (especialmente cuando podía notar su desagrado) gustaba de prolongar su “agonía” demorando las respuestas como un anciano, y ofreciendo escasos pedazos de información justo al final de la conversación, para atraerlos de nuevo a su telaraña y comenzar de nuevo la historia, esta vez añadiendo ese pequeño detalle.
Sin embargo con él no tuvo apenas tiempo de poner en práctica sus artes. La conversación fue breve, y dejó un regusto amargo en su boca. Había caminado mucho para venir hasta aquí, y no había podido disfrutar de su juego favorito. Al menos le quedaba la vista. Desde lo alto del inacabado puente, podía divisar toda la ciudad y sentir el pulso de millones de desfavorecidos, que luchaban a diario por no caer fruto de la codicia de sus semejantes. Podía sentir la explotación de los niños, de los obreros, de las mujeres, todos sacrificados en nombre del progreso y la avaricia. Los rastros estaban en el mismo puente: piezas demasiado pequeñas para ser hechas y colocadas por un adulto. Sangre entre las junturas de los andamios, donde los accidentes se habían cobrado las vidas de muchos obreros, fatigados por las inacabables jornadas. Mujeres que se exhibían desde las ventanas cercanas, tratando de ganar algún chelín para saciar su hambre un día más… Esa ciudad era una cloaca gigante, y los millones de seres que las poblaban, eran las mierdas que flotaban en ella.
Achacó su sombrío estado de ánimo a la conversación reciente, aunque la privilegiada vista solo le dotaba de argumentos para defender su tesis: aquel lugar era un pozo negro. Le había sido encargada la tarea de localizar al perdido Pope. Parecía ser que el interés por este personaje no había cejado tras más de medio siglo desaparecido. Otros le buscaban para vengarse, para ajusticiar viejas afrentas, o simplemente asegurarse de que sus secretos quedaran a buen recaudo, silenciados para siempre. Pero no él. Tampoco lo buscaba por su sangre, como los estúpidos chiquillos que perseguían la gloria y el poder dar caza a su sangre antigua, libres de repercusiones. Él lo buscaba por el conocimiento, el poder que podía ofrecer a quien pudiera ganar su amistad, los secretos que podría revelar de aquellos que dominaban la ciudad con puño de hierro, esa era su oportunidad, pensó Abraham.
El cambio social no podría suceder sin una ruptura, ya lo habían dicho los maestros de las épocas recientes que acababa de leer fascinado. Pero faltaba una buena chispa para arrancar el fuego, y esta vez parecía que se había topado con una enorme caja de cerillas.
Antes de marcharse, su oculto empleador le había avisado: despertar a Pope no sería tarea fácil, y solo él podía garantizarle la forma de hacerlo cuando le encontrara. La misteriosa figura se había comprometido a darle un “regalo” que permitiría despertar al durmiente, debía recogerlo cuando estuviera seguro de la localización del vástago, y estuviera preparado para ir a buscarlo. No se lo entregaría ni un momento antes.

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isgaard

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