A Midsummer Night's Dream

La Bella y la Bestia

Cuando Adam salió finalmente al fresco aire de la calle sintió un gran alivio. Había pasado varios días encerrado, como parte de la reciente prueba que le había impuesto su sire (pruebas que cada vez se hacían más frecuentes y duras, y que cada vez le parecían más crueles).
La verdad es que Adam apenas sabía nada sobre Sarah. Siempre había sido una figura muy misteriosa, y parecía que ella causaba alguna reacción en él cuando estaba presente, pues el sagaz Adam apenas podía pensar, y mucho menos poner objeciones a los argumentos que ella le daba para justificar aquello de lo que estuvieran hablando.
La primera vez que se habían visto fue la fatídica noche de su abrazo en las tinieblas. Se había manifestado como un ángel, como un espíritu poderoso, destinado a guiar a aquellos cultistas entre los que se estaba infiltrando Adam, en su búsqueda insaciable de conocimiento y poder arcano. De alguna forma (sospechaba Adam), le habían descubierto. Ahora que conocía la naturaleza de los poderes vampíricos, no dudaba que su Sire o algunos cultistas destacados, hubiera utilizado preternaturales poderes de percepción (Auspex) para destapar sus secretos y descubrir sus motivos.
Sin embargo, y contra todo pronóstico, Adam no había sido eliminado esa noche. Cierto, su cuerpo había experimentado la muerte, sirviendo de ofrenda a la que se convertiría en su nueva maestra, la bella Sarah. Pero entonces ella había cogido delicadamente su moribundo cuerpo, desangrado hasta el punto en que la consciencia empezaba a abandonarle, y lo había llevado con mimo hasta una sala cercana, donde ningún testigo podría ver los actos blasfemos que estaba a punto de cometer, sacrificando su alma inmortal, y condenándole a matar por sangre cada noche, para toda la eternidad.
Desde aquel momento de éxtasis, en el que ella se había abierto las venas, y dejado correr un fino hilillo de su preciada vitae hasta su boca, apenas habían compartido escasos momentos de intimidad. La mayoría de sus lecciones e iniciación al mundo de los condenados, la habían llevado a cabo los sirvientes de Sarah. El señor Barnaby, particularmente, había sido el encargado de proporcionarle incontables explicaciones, así como el responsable de supervisar las diferentes pruebas a las que ella le había sometido. Adam podía decir orgulloso que no había fallado ninguna, aunque a veces solamente su terca perseverancia le había permitido superar con éxito los retos marcados. Por eso le dolía ver que ella le evitaba, y no buscaba su compañía pese a los esfuerzos que había hecho para superar sus pruebas, para ganarse su respeto.
Esta noche era algo especial, podía sentir como la llamada de ella latía en sus venas acelerando su pulso de forma vertiginosa, y dirigiendo sus pasos de manera inconsciente hacia los muelles de la ciudad. Una vez llegó a ellos (y el impulso en su interior le instaba a acudir corriendo a su llamada), pudo ver la figura de ella, esperando de pie en la cubierta de uno de los miles de pequeños barcos que se empleaban a diario en la Ciudad para mover mercancías.
Cuando subió a la pequeña embarcación, notó como la vieja madera crujía bajo sus pies, pero el impulso de acercarse a su mentora era mayor que ningún miedo que hubiera conocido, le llenaba el alma, y apenas a escasos metros, podía notar la exultante sensación de cumplir con sus ordenes, sus deseos. No había sentido nunca nada más fuerte en su interior.
Apenas recordaba fragmentos de la conversación que habían mantenido mientras el barco recorría el Támesis silencioso. Como siempre, la mera presencia de su Sire le nublaba la mente, su belleza le turbaba hasta el punto que se veía forzado a mirar al suelo avergonzado, y no podía rebatir una sola de las cosas que ella le decía. Solamente le quedaban retazos en su mente, pedazos inconexos de una conversación sobre los misterios del Egipto mítico, donde los oscuros nombres de las crueles deidades revoloteaban como cuervos acechándole, y del que apenas le quedaba una idea clara: algunas fuerzas milenarias han estado protegiendo al hombre durante milenios, escudándole de aterradores y poderosos espíritus, poderes más allá de la comprensión de la humanidad, que había pagado su lealtad mancillando sus nombres, condenándolos a la reclusión, y dejando por el fango la reputación de sus sacerdotes. No debía creer en todo lo que se decía. En su corazón debía hallar la verdad, descubrir la pureza, usando los nuevos sentidos en los que ella le había instruido mediante las dolorosas, y aparentemente inútiles lecciones de las noches pasadas.
Solamente una idea había quedado claramente impresa en su mente: debía ayudar a Ylena, pues era la portadora de un poderoso secreto, y debía ayudarla a hacer que saliera a la luz pese a los enemigos acechaban en la noche, y que amenazaban con destruir la verdad para siempre. También sabía que debía recuperar algo, pero no el qué era, ni lo que se suponía que debía hacer con ello. No fue hasta que hablo con sus compañeros y le explicaron lo que habían descubierto sobre Pope, que todo empezaría a cobrar sentido para él.

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isgaard

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