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A Midsummer Night's Dream

Aprendiendo Auspex

auspex

El señor Barnaby entró resoplando en la atestada habitación que servía a Adam de dormitorio y tras una mirada de desdén al cuerpo que yacía en la cama, buscó, sin éxito, un lugar para sentarse. Mecánicamente sacó un reloj de bolsillo de su chaleco y lo consultó sin ver en realidad la hora.
La habitación estaba completamente abarrotada de baratijas y colgantes de todas las formas y colores posibles. Fino hilo de oro engarzando piedras exóticas, cobre bruñido inscrito con símbolos, madera tallada, plumas… conformaban un tapiz que impedía ver gran parte de las paredes o los muebles. Varias lámparas casi totalmente agotadas iluminaban la habitación. Sin ocultar su disgusto, el orondo señor Barnaby recuperaba el resuello mientras decidía quedarse de pié.

Adam se despertó cansado, tenía en su cabeza todas esas imágenes y sensaciones difíciles de ordenar, que le perseguían desde hacía varios días, incluso cuando dormía. Al momento notó que no estaba solo en la habitación, el olor a whisky y leche agriada identificaban al dueño de manera inconfundible, saturandole el olfato. La bestia se revolvio inquieta, llevaba varios días sin alimento y una presa tan fácil y tan cerca resultaba muy tentadora. Dominó su sed mientras se incorporaba lentamente. – La señora me ha ordenado que espere aquí hasta que termine -. Dijo el señor Barnaby con un fuerte acento escocés, cambiando la pierna donde apoyaba su peso. Adam le miró unos momentos reprimiendo el impulso de saltar sobre su cuello y beber hasta saciarse. Sarah se lo estaba poniendo más difícil.

Como cada día durante la última semana se concentró en su tarea. Vació su mente y expandió sus sentidos mientras pasaba las manos por la miríada de talismanes en la habitación. Algunos recientes, intensos y crujientes, otros viejos con sabor a antiguo, de sensaciones sutiles y desvaídas, todos mezclados haciendo su trabajo mucho mas difícil, y por si fuera poco, encima de todo ello, el señor Barnaby, que llamaba a su bestia invitándole a comer. Podía oler la petaca plateada llena de whisky, la cajita de rape que habría utilizado momentos antes de entrar aquí, las gachas de avena que habría cenado y hasta las deposiciones de insectos en su vieja levita. Su corazón bombeando sangre parecia un tambor que le llamaba a un volumen tan estruendosamente alto que tapaba cualquier otro sonido o pensamiento en la habitación.

Adam hizo acopio de todas sus fuerzas para controlar sus impulsos y centrarse en lo que tenía que hacer, aplacando su bestia pensaba que algo no estaba bien. En días pasados había tocado todos los amuletos, paredes y suelo, sin suerte, una impronta tan poderosa y reconocible como la de su señora debería de haberle resultado sencilla de localizar, sin embargo… Decidió observar la habitación una vez mas, ¿Realmente había registrado todo el espacio? Expandió sus sentidos mientras trataba de apartar de sus pensamientos al señor Barnaby. Trazó una cuadrícula mental y examinó con la vista cada uno de los espacios, cuando en un parpadeo notó algo, un trozo de suelo, al lado de la cama, cubierto de polvo, quizá fuera la bestia apremiándole a terminar para poder alimentarse lo que le hizo fijarse, porque había repasado concienzudamente toda la habitación muchas veces. Poco a poco, este pequeño recuadro cobraba color como si lo estuviera haciendo volverse real por pura fueza de voluntad, y en el medio de ese espacio, un solitario anillo de plata con una pequeña esmeralda engarzada. Dio un par de pasos y lo cogió, reconociendo al instante la impronta de su sire.

Cuando se giró hacia la puerta, el señor Barnaby se sobresaltó, tenía un pañuelo en la mano con el que se secaba la frente y la rosada calva y Adam se le había acercado mucho mas rápido de lo que esperaba. – Vamos – dijo Adam, ejercitando su autocontrol. Y tras salir de la habitación comenzó a subir las escaleras de caracol que giraban en sentido antihorario, su sire estaría probablemente dormida todavía, pero estaba seguro de que tendría instrucciones para él.

Adam se despertó una vez mas en su cama de londres, con los retazos de su sueño, y recuerdo, aún muy vivos en su mente se acordó de Ylena, la maestra de Auspex. Debería asegurarse de que no le ocurría nada malo, al fin y al cabo pertenecía al círculo. Tras realizar sus rituales del despertar y asearse, salió a la noche londinense.

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PonC

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