A Midsummer Night's Dream

El descanso oscuro del alma

La oscura figura se acercó embozada en su capa hasta la puerta del Blue Bird y llamó con decisión, pues no quería esperar a la intemperie ni un instante más de lo necesario. Pese a que todavía estaban en los últimos días del otoño, el frio en la ciudad de Londres parecía apoderarse de las noches, deslizándose a sus anchas por las húmedas calles, entre los árboles desnudos y los espesos bancos de niebla que amortiguaban las tímidas luces de gas.

Aunque apenas se acababa de bajar de su lujoso carruaje frente al local, algo del gélido ambiente se coló junto con las brumas de la noche cuando al fin se abrió la puerta para permitirle cruzar el umbral, y las tenues llamas de las velas titilaron, como temblorosas, ante la impaciente presencia que regresaba otra noche más al burdel a saciar sus apetitos.

Desde aquellos lejanos días de verano algo había cambiado en la ciudad. Los condenados eran conscientes de que su presencia era más evidente que nunca, pues los extraños eventos que se habían desatado sobre la capital del imperio (y probablemente del mundo) habían alertado a los mortales de los peligros que les acechaban en la oscuridad. Las historias de espíritus, fantasmas y demonios ya no eran habladurías, y habían salido a la calle desde los salones ocultistas y las veladas de videntes y espiritistas. Muy poca gente se atrevía a dar la espalda ahora a los rumores tenebrosos de las criaturas sin alma que se escondían en la noche, no desde que aquellos extraños acontecimientos que comenzaron con los terribles asesinatos de Jack conmocionaran a la ciudad, y eso solo había sido el principio…

El miedo se había extendido como una terrible plaga por la ciudad, más violenta que la que se desató con el alzamiento de cadáveres con los que culminaron aquellos terribles sucesos del final del verano. Con la llegada del frio, las noches se habían vuelto cada vez más largas, y los temores se hacían más poderosos. Las fulanas que literalmente sembraban las calles al caer la noche ahora se cubrían unas a otras, se vigilaban entre ellas e incluso compartían sus exiguas ganancias con proxenetas y policías a cambio de sentirse un poco más seguras. En algunos barrios las parroquias habían organizado grupos de buenos ciudadanos, que al tras el ocaso salían de sus casas con lámparas y antorchas para proteger sus vecindades de aquellos peligros que no podían comprender.

Aunque las iglesias habían vuelto a llenarse como hacía décadas, los lupanares como aquel estaban más llenos que nunca, pues la ciudad ya no era segura. Muchos vampiros apenas se atrevían a cazar ahora en las calles, y se habían visto forzados a pagar por la sangre de meretrices en los escasos lugares que como el Blue Bird, ponían a disposición de su selecta clientela hasta la sangre de sus venas. El barrio chino era un hervidero de tráfico en las horas nocturnas, especialmente entre los más depravados o desfavorecidos, que tenían que frecuentar sus sórdidas salas enterradas en el submundo para saciar sus apetitos, pues en ellas (se rumoreaba) no solo se hacían negocios con la carne y el opio, sino que también se ofrecían los más oscuros servicios.

Aquella noche el burdel estaba muy concurrido, como ya era costumbre. Las atareadas furcias iban y venían apresuradamente por el local, moviéndose de un cliente a otro sin tiempo para protestar por la fría corriente que entraba de la calle. Pero la figura recién llegada no pareció inmutarse ante las putas semidesnudas, cuando al cruzarse, el frió que emanaba de su capa estremecía sus ateridos cuerpos. Al cruzar el recibidor, Madame Chambelain se apresuró a indicar con un susurro que varios caballeros se impacientaban por las atenciones de Nicole…

Se dirigió sin vacilar a los sótanos de aquel palacio del vicio, a la zona más oscura y siniestra, donde las aisladas y oscuras celdas otorgaban una mayor intimidad y los sonidos del tormento eran absorbidos por gruesos muros de piedra.

Tras innumerables visitas, el interior de la lóbrega sala ya le resultaba familiar. En ella la joven se quitó lentamente el vestido y las enaguas. Eran demasiado caras y delicadas para permitir que se mancharan de sangre, y el valor sentimental de aquellos regalos era incalculable para ella. Esbozó una sonrisa mientras se dejaba atar al cepo, mientras a su lado los látigos y otros siniestros instrumentos anticipaban el dolor que estaba por venir. Se tomó su tiempo en prepararse, y la joven pudo sentir perfectamente la lujuria creciendo aceleradamente en su verdugo ante la vista de su piel morena y los cabellos teñidos de rojo, anticipando los abusos que iba a infligir a su delicado cuerpo aquella noche.

En los últimos meses su espíritu solamente había encontrado el consuelo en aquel lugar, dónde bestias deshumanizadas pagaban pequeñas fortunas por mortificar la carne, y la bella Nicole era la única que podía resistir todas aquellas torturas y mucho más. Sin embargo, no era el dinero lo que la motivaba a seguir viniendo, ni siquiera era la sangre de aquellos sádicos de los cuales se alimentaba. Su necesidad era más profunda, atenazaba su alma constantemente de una forma obsesiva y enfermiza.

En su interior, Theresa sabía que necesitaba aquel castigo: era apenas una fracción de lo que merecía por aquellos pecados que había cometido, y todo el mal que le quedaba por traer al mundo. Desde que su amado Robert hubiera sucumbido al lazo de sangre, ella sabía que él ya no podía soportar la sensación de verla sufrir, y mucho menos era capaz de brindarle el sosiego de recibir el castigo de su propia mano. Por eso había creado la identidad de Nicole, con la que recurría casi cada noche a los tormentos de los más despreciables humanos, que eran los únicos capaces de calmar su conciencia por todo aquello de lo que se sentía culpable, y que cada ocaso al despertar resurgía en su interior, desgarrando el oscuro interior de su alma.

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La Bella y la Bestia

Cuando Adam salió finalmente al fresco aire de la calle sintió un gran alivio. Había pasado varios días encerrado, como parte de la reciente prueba que le había impuesto su sire (pruebas que cada vez se hacían más frecuentes y duras, y que cada vez le parecían más crueles).
La verdad es que Adam apenas sabía nada sobre Sarah. Siempre había sido una figura muy misteriosa, y parecía que ella causaba alguna reacción en él cuando estaba presente, pues el sagaz Adam apenas podía pensar, y mucho menos poner objeciones a los argumentos que ella le daba para justificar aquello de lo que estuvieran hablando.
La primera vez que se habían visto fue la fatídica noche de su abrazo en las tinieblas. Se había manifestado como un ángel, como un espíritu poderoso, destinado a guiar a aquellos cultistas entre los que se estaba infiltrando Adam, en su búsqueda insaciable de conocimiento y poder arcano. De alguna forma (sospechaba Adam), le habían descubierto. Ahora que conocía la naturaleza de los poderes vampíricos, no dudaba que su Sire o algunos cultistas destacados, hubiera utilizado preternaturales poderes de percepción (Auspex) para destapar sus secretos y descubrir sus motivos.
Sin embargo, y contra todo pronóstico, Adam no había sido eliminado esa noche. Cierto, su cuerpo había experimentado la muerte, sirviendo de ofrenda a la que se convertiría en su nueva maestra, la bella Sarah. Pero entonces ella había cogido delicadamente su moribundo cuerpo, desangrado hasta el punto en que la consciencia empezaba a abandonarle, y lo había llevado con mimo hasta una sala cercana, donde ningún testigo podría ver los actos blasfemos que estaba a punto de cometer, sacrificando su alma inmortal, y condenándole a matar por sangre cada noche, para toda la eternidad.
Desde aquel momento de éxtasis, en el que ella se había abierto las venas, y dejado correr un fino hilillo de su preciada vitae hasta su boca, apenas habían compartido escasos momentos de intimidad. La mayoría de sus lecciones e iniciación al mundo de los condenados, la habían llevado a cabo los sirvientes de Sarah. El señor Barnaby, particularmente, había sido el encargado de proporcionarle incontables explicaciones, así como el responsable de supervisar las diferentes pruebas a las que ella le había sometido. Adam podía decir orgulloso que no había fallado ninguna, aunque a veces solamente su terca perseverancia le había permitido superar con éxito los retos marcados. Por eso le dolía ver que ella le evitaba, y no buscaba su compañía pese a los esfuerzos que había hecho para superar sus pruebas, para ganarse su respeto.
Esta noche era algo especial, podía sentir como la llamada de ella latía en sus venas acelerando su pulso de forma vertiginosa, y dirigiendo sus pasos de manera inconsciente hacia los muelles de la ciudad. Una vez llegó a ellos (y el impulso en su interior le instaba a acudir corriendo a su llamada), pudo ver la figura de ella, esperando de pie en la cubierta de uno de los miles de pequeños barcos que se empleaban a diario en la Ciudad para mover mercancías.
Cuando subió a la pequeña embarcación, notó como la vieja madera crujía bajo sus pies, pero el impulso de acercarse a su mentora era mayor que ningún miedo que hubiera conocido, le llenaba el alma, y apenas a escasos metros, podía notar la exultante sensación de cumplir con sus ordenes, sus deseos. No había sentido nunca nada más fuerte en su interior.
Apenas recordaba fragmentos de la conversación que habían mantenido mientras el barco recorría el Támesis silencioso. Como siempre, la mera presencia de su Sire le nublaba la mente, su belleza le turbaba hasta el punto que se veía forzado a mirar al suelo avergonzado, y no podía rebatir una sola de las cosas que ella le decía. Solamente le quedaban retazos en su mente, pedazos inconexos de una conversación sobre los misterios del Egipto mítico, donde los oscuros nombres de las crueles deidades revoloteaban como cuervos acechándole, y del que apenas le quedaba una idea clara: algunas fuerzas milenarias han estado protegiendo al hombre durante milenios, escudándole de aterradores y poderosos espíritus, poderes más allá de la comprensión de la humanidad, que había pagado su lealtad mancillando sus nombres, condenándolos a la reclusión, y dejando por el fango la reputación de sus sacerdotes. No debía creer en todo lo que se decía. En su corazón debía hallar la verdad, descubrir la pureza, usando los nuevos sentidos en los que ella le había instruido mediante las dolorosas, y aparentemente inútiles lecciones de las noches pasadas.
Solamente una idea había quedado claramente impresa en su mente: debía ayudar a Ylena, pues era la portadora de un poderoso secreto, y debía ayudarla a hacer que saliera a la luz pese a los enemigos acechaban en la noche, y que amenazaban con destruir la verdad para siempre. También sabía que debía recuperar algo, pero no el qué era, ni lo que se suponía que debía hacer con ello. No fue hasta que hablo con sus compañeros y le explicaron lo que habían descubierto sobre Pope, que todo empezaría a cobrar sentido para él.

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Aprendiendo Auspex
auspex

El señor Barnaby entró resoplando en la atestada habitación que servía a Adam de dormitorio y tras una mirada de desdén al cuerpo que yacía en la cama, buscó, sin éxito, un lugar para sentarse. Mecánicamente sacó un reloj de bolsillo de su chaleco y lo consultó sin ver en realidad la hora.
La habitación estaba completamente abarrotada de baratijas y colgantes de todas las formas y colores posibles. Fino hilo de oro engarzando piedras exóticas, cobre bruñido inscrito con símbolos, madera tallada, plumas… conformaban un tapiz que impedía ver gran parte de las paredes o los muebles. Varias lámparas casi totalmente agotadas iluminaban la habitación. Sin ocultar su disgusto, el orondo señor Barnaby recuperaba el resuello mientras decidía quedarse de pié.

Adam se despertó cansado, tenía en su cabeza todas esas imágenes y sensaciones difíciles de ordenar, que le perseguían desde hacía varios días, incluso cuando dormía. Al momento notó que no estaba solo en la habitación, el olor a whisky y leche agriada identificaban al dueño de manera inconfundible, saturandole el olfato. La bestia se revolvio inquieta, llevaba varios días sin alimento y una presa tan fácil y tan cerca resultaba muy tentadora. Dominó su sed mientras se incorporaba lentamente. – La señora me ha ordenado que espere aquí hasta que termine -. Dijo el señor Barnaby con un fuerte acento escocés, cambiando la pierna donde apoyaba su peso. Adam le miró unos momentos reprimiendo el impulso de saltar sobre su cuello y beber hasta saciarse. Sarah se lo estaba poniendo más difícil.

Como cada día durante la última semana se concentró en su tarea. Vació su mente y expandió sus sentidos mientras pasaba las manos por la miríada de talismanes en la habitación. Algunos recientes, intensos y crujientes, otros viejos con sabor a antiguo, de sensaciones sutiles y desvaídas, todos mezclados haciendo su trabajo mucho mas difícil, y por si fuera poco, encima de todo ello, el señor Barnaby, que llamaba a su bestia invitándole a comer. Podía oler la petaca plateada llena de whisky, la cajita de rape que habría utilizado momentos antes de entrar aquí, las gachas de avena que habría cenado y hasta las deposiciones de insectos en su vieja levita. Su corazón bombeando sangre parecia un tambor que le llamaba a un volumen tan estruendosamente alto que tapaba cualquier otro sonido o pensamiento en la habitación.

Adam hizo acopio de todas sus fuerzas para controlar sus impulsos y centrarse en lo que tenía que hacer, aplacando su bestia pensaba que algo no estaba bien. En días pasados había tocado todos los amuletos, paredes y suelo, sin suerte, una impronta tan poderosa y reconocible como la de su señora debería de haberle resultado sencilla de localizar, sin embargo… Decidió observar la habitación una vez mas, ¿Realmente había registrado todo el espacio? Expandió sus sentidos mientras trataba de apartar de sus pensamientos al señor Barnaby. Trazó una cuadrícula mental y examinó con la vista cada uno de los espacios, cuando en un parpadeo notó algo, un trozo de suelo, al lado de la cama, cubierto de polvo, quizá fuera la bestia apremiándole a terminar para poder alimentarse lo que le hizo fijarse, porque había repasado concienzudamente toda la habitación muchas veces. Poco a poco, este pequeño recuadro cobraba color como si lo estuviera haciendo volverse real por pura fueza de voluntad, y en el medio de ese espacio, un solitario anillo de plata con una pequeña esmeralda engarzada. Dio un par de pasos y lo cogió, reconociendo al instante la impronta de su sire.

Cuando se giró hacia la puerta, el señor Barnaby se sobresaltó, tenía un pañuelo en la mano con el que se secaba la frente y la rosada calva y Adam se le había acercado mucho mas rápido de lo que esperaba. – Vamos – dijo Adam, ejercitando su autocontrol. Y tras salir de la habitación comenzó a subir las escaleras de caracol que giraban en sentido antihorario, su sire estaría probablemente dormida todavía, pero estaba seguro de que tendría instrucciones para él.

Adam se despertó una vez mas en su cama de londres, con los retazos de su sueño, y recuerdo, aún muy vivos en su mente se acordó de Ylena, la maestra de Auspex. Debería asegurarse de que no le ocurría nada malo, al fin y al cabo pertenecía al círculo. Tras realizar sus rituales del despertar y asearse, salió a la noche londinense.

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La Noche del Cazador

Abraham se encontraba solo. Era como se veía: solo contra el mundo, los vivos, la sociedad de los muertos, y también aislado en el tiempo, en una época que no reconocía como propia. Como animal solitario había estado acechando los barrios más miserables de la ciudad, asolando a sus desgraciados habitantes, alimentándose de la sangre de aquellos para quien la muerte es un dulce alivio. Trataba de pasar desapercibido, se aseguraba de que ningún otro condenado le viera tomar a sus presas, pues recientemente las cosas se habían tornado aun más complicadas. Con la llegada de Jack a todos los periódicos las masas estaban revueltas, y la policía acechaba en todos los callejones.
Entonces lo sintió, un impulso como no hubiera sentido antes, la necesidad imperiosa de acudir a una llamada. Trató de luchar, y vio que era demasiado fuerte. Resultaba imposible resistirse excepto los escasos momentos en los que empleaba toda su voluntad, pero acabo cediendo ante lo que parecía inexorable. Iba a acudir a esa cita.
Se movió como por instinto durante más de 20 minutos. Saltando ágilmente con su frágil cuerpo de anciano desvencijado, lo que hubiera resultado un tanto cómico para los caballeros que hubieran podido verle, pero por suerte para ellos, el manto de la noche en el que se envolvía era demasiado profundo para ser penetrado por ojos mortales. Sus mentes estarían a salvo del horror, al menos por esta noche. Se movía como un gato entre las vías de los nuevos túneles de metro a medio construir. Pese a que los trenes aun no circularan por la inacabada ruta, para el resultaban ya de una tremenda utilidad, y le permitían cruzar el caótico centro en una rápida línea recta y acercarse con premura a su objetivo, pues algo le compelía a acudir presto.
Mientras alcanzaba la zona en obras del Puente de Londres, y miró a su alrededor, ni siquiera recordó haber estado allí antes. Algo siniestro estaba actuando, podía sentirlo, pero no podía evitar que su mente continuara obsesionada con llegar a su meta, y trepó como una criatura de la noche cuando se acercó a los andamios que cubrían la majestuosa estructura. Iba a ser un puente formidable, un auténtico ejemplo de superación de la ciencia, un ejemplo de la matemática de la máxima potencia… pero su mente no podía concentrarse en eso ahora, pues solo pensaba en alcanzar la cima, en acudir a la llamada.
Cuando llegó arriba él le estaba esperando. Las sombras le cubrían lo suficiente para tapar los escasos rasgos que las ropas dejaban entrever, pero en cuanto escuchó su voz supo que era él, siempre lo había sabido. Su interlocutor se dirigió al Nosferatu con un tono cortante, apresurando la conversación. Abraham sabía que no disfrutaba con su presencia. Las pocas veces que habían intercambiado algunas palabras tras alguna reunión, habían sido muy breves.
Tanto había cambiado con la muerte, se paró a pensar… Ahora disfrutaba incomodando a aquellos a los que repugnaba, cuando se veían obligados a tratar con él. Saboreaba cada momento de interacción con otros seres, y (especialmente cuando podía notar su desagrado) gustaba de prolongar su “agonía” demorando las respuestas como un anciano, y ofreciendo escasos pedazos de información justo al final de la conversación, para atraerlos de nuevo a su telaraña y comenzar de nuevo la historia, esta vez añadiendo ese pequeño detalle.
Sin embargo con él no tuvo apenas tiempo de poner en práctica sus artes. La conversación fue breve, y dejó un regusto amargo en su boca. Había caminado mucho para venir hasta aquí, y no había podido disfrutar de su juego favorito. Al menos le quedaba la vista. Desde lo alto del inacabado puente, podía divisar toda la ciudad y sentir el pulso de millones de desfavorecidos, que luchaban a diario por no caer fruto de la codicia de sus semejantes. Podía sentir la explotación de los niños, de los obreros, de las mujeres, todos sacrificados en nombre del progreso y la avaricia. Los rastros estaban en el mismo puente: piezas demasiado pequeñas para ser hechas y colocadas por un adulto. Sangre entre las junturas de los andamios, donde los accidentes se habían cobrado las vidas de muchos obreros, fatigados por las inacabables jornadas. Mujeres que se exhibían desde las ventanas cercanas, tratando de ganar algún chelín para saciar su hambre un día más… Esa ciudad era una cloaca gigante, y los millones de seres que las poblaban, eran las mierdas que flotaban en ella.
Achacó su sombrío estado de ánimo a la conversación reciente, aunque la privilegiada vista solo le dotaba de argumentos para defender su tesis: aquel lugar era un pozo negro. Le había sido encargada la tarea de localizar al perdido Pope. Parecía ser que el interés por este personaje no había cejado tras más de medio siglo desaparecido. Otros le buscaban para vengarse, para ajusticiar viejas afrentas, o simplemente asegurarse de que sus secretos quedaran a buen recaudo, silenciados para siempre. Pero no él. Tampoco lo buscaba por su sangre, como los estúpidos chiquillos que perseguían la gloria y el poder dar caza a su sangre antigua, libres de repercusiones. Él lo buscaba por el conocimiento, el poder que podía ofrecer a quien pudiera ganar su amistad, los secretos que podría revelar de aquellos que dominaban la ciudad con puño de hierro, esa era su oportunidad, pensó Abraham.
El cambio social no podría suceder sin una ruptura, ya lo habían dicho los maestros de las épocas recientes que acababa de leer fascinado. Pero faltaba una buena chispa para arrancar el fuego, y esta vez parecía que se había topado con una enorme caja de cerillas.
Antes de marcharse, su oculto empleador le había avisado: despertar a Pope no sería tarea fácil, y solo él podía garantizarle la forma de hacerlo cuando le encontrara. La misteriosa figura se había comprometido a darle un “regalo” que permitiría despertar al durmiente, debía recogerlo cuando estuviera seguro de la localización del vástago, y estuviera preparado para ir a buscarlo. No se lo entregaría ni un momento antes.

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La Mente de McAbbot en dos tomos
Estudio sobre la mente de McAbbot.

La mente de las personas es, por definición, algo frágil, quebradizo. Mucha gente la compara con un cristal a través del cual percibimos la realidad. Este cristal puede llegar a teñirse de múltiples colores, dependiendo de los estímulos que se reciben a lo largo de la vida.

Así, juegan un papel importante la educación, la disciplina, las anécdotas más peligrosas de la vida de uno mismo… Muchos de estos elementos son comunes a toda la población, por lo que podemos pensar que, en esencia, todas las ovejas ven el prado del mismo color. Sin embargo, algunas de las mentes de este homogéneo redil, comienzan a sufrir estímulos que contradicen la norma establecida sobre cómo son las cosas.

Estos pequeños estímulos, en ocasiones, pueden funcionar como un pequeño error matemático en una ecuación geométrica. Es posible que el error, al principio, apenas tenga importancia o influencia en el desarrollo de la mente, pero poco a poco, llegará a ser suficiente como para alterar la forma del cristal a través del cual percibimos la realidad.

A veces, este cristal llega a sufrir tantos errores y estímulos, que puede fraccionarse. Es algo digno de estudio. Pero lo que realmente es interesante, es la reacción del propio enfermo a la hora de elegir cuál es el pedazo de cristal más adecuado para percibir la realidad, o cómo pugna por reconstruir la realidad empleando los pedazos deformados de ese cristal roto a modo de puzle.

En el caso de McAbbot, sus antecedentes están claros: sexto hijo, presumiblemente bastardo, de una familia adinerada que le dio la espalda. Disciplina castrense por parte de la marina, una rencilla personal contra su propia familia que le dejó solo… Tonteo con lo oculto, fracasos varios… Hasta que, finalmente, fue transformado.

Todo lo anterior hasta su transformación, es lo que hizo que la mente de McAbbot se tiñese del mismo color que tienen las mentes de figuras literarias como Mr. Hide, o del Dr. Frankestein, con la salvedad de que éstos son meros seres de ficción.

McAbbot empleó todos sus recursos para destruir, no el mundo, o la sociedad, si no SU mundo y SU sociedad. El pequeño error comenzaba a desenmascararse, y hacía estragos en todo lo que se le ponía delante, pero aún era capaz de percibir lo que sucedía a su alrededor. Era plenamente consciente del daño que hacía, y extremadamente racional. Fue en el momento en el que el minúsculo error matemático comenzaba a crear la primera grieta en la mente de McAbbot, cuando sucedió el abrazo. Podemos decir que los primeros chirridos, se escucharon cuando fue empujado escaleras abajo en aquél sucio sótano.

Una mente normal, cuando se rompe, lo hace poco a poco. La sociedad percibe las grietas creadas en la percepción del individuo, y puede reaccionar ante ellas. Incluso el enfermo, normalmente, puede percibir que algo se está rompiendo en su interior. Es por ello que existen los psiquiátricos y otros hospitales especializados.

Sin embargo, la mente de McAbbot, se rompió tan estrepitosamente, y quedó tan hecha añicos, que ni siquiera él mismo pudo reaccionar. Es posible, incluso a día de hoy, que ni si quiera su entorno más cercano se haya percatado de que la cabeza de Robbert no está en su sitio.

La explicación es sencilla. A pesar de todo, seguimos teniendo un sistema de seguridad que nos mantiene a salvo y en alerta. Un sistema que nos hace funcionar por mera inercia. Sin embargo, este sistema no puede mantenerse para siempre. Consume demasiados recursos y, tarde o temprano, nos damos cuenta de que las cosas ya nunca volverán a ser las mismas. Hasta ahora, McAbbot recibía fuertes estímulos que le mantenían “dentro del sistema”. Theressa y su visión, o las propias búsquedas para salvar al mundo, son una norma en el nuevo mundo de Mc Abbot. Es posible que todo estalle cuando éstas falten, o que cree nuevas figuras a partir de aquellas para alimentar una base sólida sobre la que reconstruir su maltrecha mente.

Pero, sin duda, lo que sucedió hasta ahora, es que Robbert no se había parado aún a recoger los pedazos que se han quedado esparcidos. Simplemente, observaba el vacío que ha dejado el cristal, y tomaba decisiones más o menos adecuadas, no porque fuese lo que él quería, o por lo que creía que es justo, si no porque es lo que se esperaba que hiciese. O mejor dicho, lo que él esperaría de sí mismo.

Aún no podemos decir cómo reaccionará el propio McAbbot, ni en qué momento lo hará, pero podemos asumir varios factores que, sin duda, serán relevantes a la hora de dictaminar su comportamiento.

En primer lugar hay que destacar el acontecimiento que fue su abrazo. Fue completamente involuntario, por lo que es posible que su obsesión por mantener el control de las cosas llegue a niveles insostenibles. Además, los horrores de sus experiencias pasadas y de algunas presentes, puede provocar que no llegue a distinguir cuándo una reacción es proporcional a la acción que la ha provocado.

De hecho, puede suceder que agravios imperdonables carezcan de toda importancia, mientras que pequeñas bromas o familiaridades provoquen reacciones absolutamente desmedidas. Como se puede asumir, el abanico de sentimientos es enorme.

De hecho, nos atrevemos a afirmar que el más peligroso e impredecible de todos estos sentimientos, es el amor. Cualquier persona que haya amado, es consciente de qué se puede llegar a hacer (o dejar de hacer) por la persona querida. No llegamos a imaginar lo que podría llegar a hacer un individuo que, además, no es capaz de “compensar una balanza”.

Sería un error por nuestra parte suponer que McAbbot es un estúpido. No lo es. Simplemente, es un animal que no percibe las cosas como son, y que no dudará en emplear las garras y los dientes contra aquello que considere hostil. Pero es plenamente consciente de que sus garras y dientes son el dinero y las influencias, así como las garras y dientes del Dr. Frankestein eran la ciencia y el conocimiento.

Por supuesto, la naturaleza de McAbbot también ha cambiado tras el abrazo, aunque no lo ha hecho su entorno. El hábitat en el que Robbert se desenvuelve no es otro que la propia sociedad. Sin embargo, hasta ahora se limitaba a vivir bajo unas reglas en las que creía, por las que incluso llegó a luchar, y a las que se ceñía con mayor o menor rigor. Su humanidad dependía de ello. Sin embargo, las últimas experiencias le pueden haber enseñado que, si bien su entorno social es igual, o muy parecido al que conocía, no lo es tanto las normas que lo regían. De hecho, es posible que la normativa se resquebraje y muestre sus fisuras, perdiendo sentido en la mente de McAbbot, que, con el tiempo, puede llegar a generar sus propias reglas y exigencias, o asumir otras ajenas.

Por ahora, estas normas se limitan a las más primitivas. Es un animal que, de un modo u otro, ha logrado un status quo. Es predador y presa, igual que hasta ahora, pero en otro escalón que no conocía. Y una hembra que le satisface le muestra un camino que a él no le importa recorrer, porque es un camino, hasta ahora, que le hace sentir bien. Sin embargo, ahora su guía no está. Es posible que comience a sentirse perdido. Que se comience a obsesionarse.

Por supuesto, a él le han transmitido una serie de normas sociales. Sabe que es bueno fingir que son necesarias. Pero cree saber que son tan cosméticas como el callado que porta un rey. Que, detrás, hay cosas mucho más importantes. Que SU mundo, tiene otras exigencias que van antes que nada.

De hecho, ahora mismo habita un mundo con terribles depredadores, en el cual no controla casi nada y cuyas reglas se inventan sobre la marcha.

Informe para El Ojo.

Recientemente, a McAbbot se le conocen algunas citas que podrían ser reflejo de esto, sin ir más lejos: “Amar a una mujer es como beber del mar. Nunca tienes suficiente hasta que mueres”. Respondía así a un comentario en un bar frecuentado por el chófer de Holmes. Creemos que tienen intereses comunes. Lo más destacado de esta cita es que sospechamos que comienza a hacer analogías entre Theressa y el Mar. Es posible que los sentimientos que despiertan ambos, sean tan parecidos, que los fragmentos del espejo casen en su fracturada mente.

Otra pista que existe de que su mente empieza a delatarse quebrada, es el cambio en el servicio que ha hecho. McAbbot se enteró de que los rumores y las comidillas sobre Theressa amenizaban el día a día. En su afán por mantener el control, ha contratado un nuevo servicio, y les ha impuesto una norma y solo una: jamás habrá dos personas del servicio juntas en ninguna habitación. Williams tiene orden de disparar sobre cualquiera que incumpla esta norma. Afortunadamente, la lealtad del mayordomo está por encima de tales excentricidades, y se limita a castigar el incumplimiento muy severamente. Esta excentricidad, denota una obsesión evidente por mantener el control sobre algo que no puede, o que le resulta muy difícil. Por ahora, este control se reduce a su entorno, pero con el tiempo, o de manera repentina, puede extenderse, incluso sobre otras facetas de su vida.

La última anécdota que nos deja McAbbot, no ha sido sólo excéntrica, si no también cara. Ha mandado a su hombre de confianza, Williams, a dejar una caja con una serie de artículos en un lugar frecuentado por Theressa.

No nos hemos atrevido a abrir la caja, por prudencia, pero suponemos que estará llena de excentricidades, en las que el mar y su amor hacia Theressa se relacionan de extrañas y predecibles maneras.

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Naipes al Alba

Ylena llegó pronto, y le estaba esperando cuando Lord Henry llegó a casa. Se había pasado un buen rato indecisa manoseando las cartas, pero en cuanto escuchó la puerta cerrarse comenzó a disponer los naipes con soltura en una de las tiradas más complejas y secretas, conocidas exclusivamente por apenas algunos iniciados entre los Condenados: el ankh. Era una variable de la cruz celta que le asignaba un lugar adicional a la Bestia, esa fuerza salvaje que todo vástago lleva dentro y que amenaza con destruir su cordura.

Ya estaba completamente en trance cuando su anfitrión entró en el salón y la observo durante varios minutos. No quería interrumpir su concentración, y se entretuvo deleitándose en los finos rasgos de la joven. Su cara mostraba la misma ascendencia eslava que claramente se advertía en su forma de pronunciar el inglés. Sus delicados labios eran rojos como la sangre, y destacaban especialmente en la cerúlea piel. Los ojos, de un suave azul acuoso, parecían llevar a insondables pozos de sabiduría mientras se reflejaban en ellos los arcanos que había desplegados ante la hermosa figura. Su cuerpo era apenas el de una joven muchacha, que apenas había alcanzado la pubertad, y sus rasgos femeninos estaban escasamente desarrollados. Sin embargo, cuando hablaba mostraba una especie de sabiduría, que daba a entender que esos infantiles ojos habían visto mucho más de lo que se podía imaginar.

Ella parecía apenas consciente de la presencia de Lord Henry, y comenzó a explicar en voz alta la tirada, con suaves susurros de una boca que atraía toda la atención del joven Lord.

Ella le contó su infancia en Polonia, muchos años atrás, donde la cruel infancia de una niña, bendecida con el don de poder ver más allá que los supersticiosos aldeanos, se había manifestado en la carta de La Sacerdotisa, que aparecía en la base de la tirada. También le contó cómo había sufrido la indigencia, abandonada por una familia aterrada ante los poderes del infierno que manifestaba la pequeña. Eso no debía estar en la carta, pensaría más tarde Lord Henry, cuando rememorara la conversación.

A continuación apareció la carta de El Mago, al que rápidamente Ylena se refirió como Pope. Pope había iluminado su vida. Era una extraña figura que se había acercado a Krakovia como parte de su itinerante espectáculo de proyecciones mágicas y juegos de luces e imágenes, y rápidamente había conquistado su corazón, junto con el de todos los chiquillos que tuvieron la suerte de verle actuar. Le contó que Pope, conocido por “Doctor Iluminatus”, se alimentaba de los niños, fáciles de sorprender y que acudían como moscas en cuanto entraba en una ciudad y montaba su tienda. Sin embargo, Pope supo ver lo especial de la joven Ylena, así como ella enseguida advirtió la cohorte de espíritus de los fallecidos niños, que lo acechaban “más allá del velo”. Con ella fue diferente, le dio la esperanza de salir de un mundo de miseria y dolor, pues los supersticiosos humanos no la aceptarían con su don, y la única mejora sobre su situación de mendigo, había sido la de prostituta, un futuro que la asqueaba. El Diablo, la siguiente carta, “erra la prrueba de que esstaban condenadoss y habían perrdido ssu alma”. Así lo explico ella, pasando muy deprisa sobre la carta, y apenas contando alguna historia de sus primeros años con Pope.

Lord Henry no podía abrir la boca, estaba tan concentrado en el relato de la joven, que apenas desviaba la mirada de su rostro un instante para otear la carta recién revelada. La Rueda: y es que apenas unos años después de convertirla, en 1779 se mudaron a Inglaterra, donde Pope se convertiría en uno de los más respetados miembros de la Lancea Sanctum, y donde serviría como confesor durante más de 40 años. Pope tenía una increíble habilidad para hacer que la gente se sintiera bien, y su capacidad de motivar e inspirar a los que le rodeaban era magistral, su ascenso en las filas de los Santificados era imparable, e incluso llegó a decir que el mismo Mithras le había confiado los secretos que más le turbaban. Entonces todo cambió, y en 1828 abandonó sus obligaciones, y se dedicó al estudio de la ciencia, la historia y la magia, obviamente desviándose de sus responsabilidades espirituales. Al par de años, ya había abandonado a su secta, y retirados sus títulos y su estatus, se dedicó a predicar por la ciudad. Poco a poco, fue reuniendo un pequeño grupo de seguidores, que no tardaría en crecer en cuanto se extendió el rumor de que Pope estaba enseñando los secretos de la Lancea Sanctum e incluso los conocimientos de la mismísima Hechicería Thebana que tan celosamente guardan. Ni que decir tiene que el rumor incendió las más altas esferas de los Santificados, y tras rebautizarle como “El Mentiroso”, una caza de sangre se hizo rápidamente efectiva. Lord Henry advirtió que la carta de la que llevaba largo rato hablando no había sido dada la vuelta todavía, pero de alguna forma ella parecía saber perfectamente cuál era la situación del destino, y la bella joven no se sorprendió cuando La Muerte fue desvelada, lo había sabido desde el principio.

“Entonssess, Pope tuvo que essconderrsse de la muerrte, dorrmirr el sueño de las eras…”, dijo ella, concluyendo la explicación del arcano.

Cada uno estaba completamente volcado en la contemplación (de las cartas del tarot en el caso de ella, y de la seductora presencia de Ylena, en el caso de él) y no dieron cuenta del paso del tiempo, ni de cómo lentamente una luminosa lengua de plata se había ido extendiendo por el horizonte.

Sin embargo, aun quedaban dos arcanos más por descubrir, y difícilmente podrían resistir la tentación de seguir con la historia hasta el final, pues la tensión se había ido acumulando hasta dejar casi sin aire la habitación.

“Nunka lo enkontrarrron”, dijo Ylena. “Suss máss fieless tseguidoress habían ocultado muy bien su lugar de reposso, y aunque passarron añños buscándolo, jamass lo hayarron”. “Sinn embarrgo, el único que sabía dónde repossaba Pope, sufrrió un trágico atropello hasse casi diess años…”

La carta de La Rueda parecía confirmar la explicación de la médium, subrayando la terrible forma en la que el fiel Cliffton Hews, su más fiel Ghoul, se había llevado el secreto de Pope a la tumba. Ylena explicó que después de desaparecer Pope, ella misma había dejado al diligente Cliffton al cuidado de Madame Chambelain, donde el Ghoul había encontrado refugio hasta el día de su trágico accidente.

Ya sólo quedaba una carta por desvelarse, estaba a punto de amanecer y el sueño empezaba a acecharles a ambos, pero se resistían a dejar que la magia se esfumara. De repente, Lord Henry advirtió por los rasgos de ella, que no podía saber de qué carta se trataba. Tenía una expresión ansiosa al cogerla para darle la vuelta y desvelarla, estaba claro que era el desenlace lo que había estado esperando con avidez, pues ya conocía de sobra la historia que le había contado al fascinado caballero. Sólo le restaba descubrir el final.

Cuando la carta quedo dispuesta, la sorpresa de ella fue evidente. Su boca se había abierto mostrando levemente las puntas de unos colmillos que asomaban entre las perfectas piezas de marfil que eran los dientes de ella, y sus profundos ojos de agua se abrieron de la sorpresa. Era Los Enamorados, no sabía cómo reaccionar. Estaba pensando en cómo Pope podía ser su amante en esta historia, volviendo de su largo sueño, cuando lo entendió. Lord Henry se había movido por primera vez en toda la tirada, como llamado por una fuerza superior en cuanto la carta se mostró en la mesa. Se acercó a ella con movimientos suaves, como temiendo asustar a un cervatillo asustado entre el follaje, y cogió su cara entre las manos. Al acercarse sus labios ella no trató de resistirse. Estaba como paralizada, iluminada, en éxtasis…

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Las Tribulaciones de Marylin

Marylin se movía por la noche con más aplomo que muchos hombres. Ni su edad ni condición de mujer le impidieron adentrarse en la morgue a altas horas de la madrugada. Le tranquilizó pensar que apenas habría algún bedel despierto, y esta vez no necesitaría usar engaños ni su cara de hermosa joven desvalida para acceder a las pruebas. El reconfortante tacto del fajo de libras que le había dado su benefactor, además de asegurarle un soborno que dejaba fuera de toda cuestión las preguntas, le permitiría comprar una cinta nueva para la máquina de escribir, plumillas, papel y tinta, y de paso hacer algunas mejoras en su vestuario, que cada vez resultaba más ruinoso y le resultaba avergonzante cuando debía acudir a situaciones sociales con caballeros y damas de alta alcurnia.

El feo encargado de guardia le había puesto una mueca de extrema repulsa e indignación al exponerle ella el motivo de su visita. Agravado por su condición de mujer (casi de niña, pues no era muy alta ni voluptuosa) el sujeto empezó a abrir la boca para soltar un predecible sermón sobre la decencia, el pudor y el respeto a los muertos, pero antes de que hubiera articulado su gruñido, la vista del billete de 5 libras que ella sacó de entre sus ropas y le puso en la mano acalló toda cuestión, tal y como ella había imaginado.

La dejo a solas en la fría sala, que apenas iluminaban unas tímidas lámparas de gas, pero no antes de haberle indicado donde podía encontrar los cuerpos. Según entendió, el primer cadáver ya había sido retirado para su entierro hace días, pero los otros dos seguían allí. Abrió el crudo armario de metal que servía de lugar de reposo para la segunda mujer asesinada, y no pudo evitar un escalofrío en la nuca cuando su mano agarró el gélido tirador que sacaba la camilla.

El cadáver salió con un leve chirrido, cubierto de una manchada tela blanca empapada de sangre seca donde cubría el bulto. Lo examino sin tocarlo, y confirmó lo que ya había escuchado de boca de los testigos: alguien le había extraído varios órganos tras abrirla en canal desde la garganta hasta sus partes pudendas con un limpio corte recto, sin duda producido por un objeto muy afilado en manos de alguien vigoroso y experto. Aunque los tejidos parecían más deteriorado de lo que les correspondería tras apenas unas noches, se fijó en que las escasas ropas que adornaban su cuerpo pertenecían a su dueña, y además de corresponderse los desgarrones con sus heridas, denotaban que era una prostituta, y parecían encajar con todos los detalles de la historia.

Al examinar el otro cuerpo, enseguida se dio cuenta de que algo no era correcto. Los restos que correspondían al tercer asesinato parecían ser el de una mujer mayor, y definitivamente muerta desde hacía más tiempo. No se explicaba que aquel cuerpo, de una mujer vieja y menuda, muerta de forma aparentemente natural y a la que le habían provocado unas torpes mutilaciones ya cadáver, pudiera ser el de la bella Elizabeth (que hasta la noche anterior recorría las calles encandilando a los hombres con sus poderosas curvas). Alguien debía de haberlo cambiado.

Sin embargo, mientras abandonaba el sórdido sótano se percató de que de nuevo en sus investigaciones volvían a aparecer pistas de magia y robo de órganos, que probablemente estuvieran relacionados con ritos oscuros y temibles cultos de adoradores al demonio. Tenía que seguir investigando.

Las pistas que tenía hasta ahora (y que se habían tornado mucho más siniestras desde que su nuevo patrón la animara a husmear en los asuntos más terroríficos de la ciudad), le conducían hacia ChinaTown. Quería investigar la presencia de un misterioso personaje llamado Fu-Long que se rumoreaba era el más poderoso brujo de Londres, y los rumores de que en los bazares del barrio chino se traficaba con esclavos, drogas, (y hasta cuerpos y almas si uno creía las habladurías).

Estaba casi amaneciendo cuando se adentró en el corazón del barrio de la comunidad china de Londres. La zona estaba muy al este, ya cerca de los puertos y astilleros en los que muchos de sus habitantes trabajaban. Estaba terriblemente sucia, y era alarmante la forma en que la humanidad se concentraba de forma insalubre en aquella barriada. Podía verse a gente durmiendo en los estrechos balcones de las pocas casuchas afortunadas que tenían uno, y donde la existencia de ventanas permitía ver el interior, el hacinamiento era exagerado.

El problema de la comunicación (muchos hablaban solamente algún dialecto del chino, o algo aún más extraño) no la desanimó. Había estado haciendo preguntas sin éxito durante largas horas cuando una puerta en un callejón se abrió, y la figura de un bien formado joven se asomó haciéndole gestos para que se acercara. Parecía que alguien había oído su historia, que había repetido esa noche en mil tiendas de hierbas y otras medicinas exóticas, y se ofrecía a darle respuestas. Sin dudarlo se acerco al callejón, y tan pronto como cruzó la puerta, empezó a hacer preguntas a su inesperado confidente. El joven se llevo un dedo a los labios, y con el gesto le pidió silencio.

Ella obedeció dócilmente, y aun en la oscuridad casi total donde se encontraba, empezó a percibir que algo estaba mal en ese chico. Sus rasgos orientales parecían delicados y su cuerpo compacto y robusto estaba perfectamente esculpido, pero sus ojos tenían algo extraño, algo oscuro…

El joven la llevó por una serie de pasillos, a veces túneles, que no había visto antes y que parecían extenderse bajo las calles del barrio. Atravesaron espeluznantes cámaras, fumaderos de opio, burdeles, casas de apuestas y lúgubres cloacas hasta que mareada, chocó con un maltrecho cuerpo encadenado a una pared y se encontró completamente desorientada. Miró en derredor y se dio cuenta de que hacía un rato que había perdido a su guía. Su mente se encontraba como adormilada entre tanto horror, tanta miseria humana, que se negaba a asimilarlo todo de golpe. Había estado vagando casi como en un sueño, sin apenas percibir el húmedo y blando suelo bajo sus pies. Todo se volvió oscuro.

Cuando volvió a despertar no tenía ni idea de donde estaba, pero no reconoció esa cámara, pues era mucho más siniestra que las que había visto hasta ahora. Le daba tanto terror que sentía ganas de gritar, pero al intentarlo se percató que su boca estaba cubierta por una mordaza de cuero y su cuerpo estaba atado como un fardo, sujeto por cadenas a una argolla del muro. Su suerte, pronto advirtió, era mucho mejor que la de sus compañeros de cautiverio.

La sala era enorme, aunque resultaba muy difícil apreciarlo. La escasa iluminación de las velas, y las sombras de la mugre y sangre seca en las paredes y el suelo no permitía hacerse una idea clara. Tampoco su propósito resultaba evidente a primera vista. En el centro de la sala había una especie de piscina excavada, y por el suelo, entre las mesas oxidadas, discurrían una serie de canales que iban a desembocar en ella. Los restos de sangre eran abundantes en toda la zona, y la pegajosa capa rojiza del suelo no dejaba mucho lugar para la imaginación. En el techo había instalado un sistema de raíles, que permitían desplazar unos enormes ganchos que colgaban de ellos. Muchos de ellos estaban vacíos, la mayoría arrinconados, pero unos cuantos estaban dispuestos encima de alguna de las mesas, o directamente colgando encima de la macabra piscina, lo que permitía advertir la cara de horror de las pobres personas que colgaban de ellos mientras se desangraban, y su sangre era canalizada hacia la abertura.

Sin embargo fue el olor lo que la decidió por su función. Probablemente aquello había sido un matadero en los días en los que el barrio chino no existía y los pueblos cercanos a la ciudad albergaban tales instalaciones. Eso explicaba como un lugar tan terrible, grande y abandonado, estuviera olvidado por los habitantes de Londres. Alguien había puesto a buen uso semejante lugar de pesadilla, y apostaría que ese “alguien” era el que ahora descansaba en una silla enorme en el centro de la piscina, entre unos braseros que despedían vapores y hogueras que prendían incienso. Cuando Marylin empezó a moverse, el sujeto pareció darse cuenta. Sin prisa tomó el cáliz que reposaba al lado de la gran silla, y lentamente se fue acercando a ella.

Al verlo a punto estuvo de desmayarse. Sus piernas empezaron a aflojarse ante su amenazadora presencia, que inequívocamente se movía hacia ella, y notó un reguero caliente resbalando por su pierna, humedeciendo de orín sus medias y su piel en cuanto lo tuvo delante y pudo verle el rostro. Era una sensación de miedo como nunca hubiera conocido, tan tangible que casi podía palparlo en el ambiente. No era solo la situación, sino que su mente se encontraba al borde del colapso, incapaz de pensar más que en los más básicos instintos de supervivencia, pero sus captores habían hecho bien su trabajo, y las ligaduras no se inmutaron ante los tirones y salvajes golpes que empezó a dar su tembloroso cuerpecito.

Luchaba para no mirarle a los ojos, pero cuando empezó a hablarle no pudo contenerse. Entre sus lágrimas pudo ver el horror en aquel cuerpo mutilado, en aquel rostro despellejado en el que unos rasgos de pesadilla parecían haberse posado aleatoriamente. Le costaba entenderlo con ese pesado acento, y sus palabras apenas tenían sentido para ella, pues su mente no podía regir, y se notaba al borde de la locura.

La sensación de mareo se acrecentó cuando el sujeto se situó a su lado, y tras coger algún objeto de la mesa que no adivinaba a ver, la tocó. Su captor le colocó un extraño collar al cuello, duro y apretado, que casi no le dejaba respirar. En el cuero debía de haber una argolla de metal, podía sentir el frío a un lado de su cuello, y su verdugo introdujo un afilado punzón por la abertura hasta que un fino hilo de sangre empezó a manar, y antes de que se derramara por el suelo, le colocó un cuñete. El torpe grifo detuvo el fluir de la herida, pero ella estaba rozando la inconsciencia y apenas se percató cuando el grifo se abrió para rellenar la copa con su sangre…

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A Night at the Opera

Opera

Ella estaba exuberante. McAbbot no había reparado en gastos a la hora de elegir el traje que llevaría a la Ópera y no lo estaba lamentando. La sangre le hervía en su interior, y la presencia de ella le atraía como la llama a la polilla.
Cuando por fin estuvieron listos partieron aceleradamente hacia su destino, para no perderse el primer acto. McAbbot le dio instrucciones a su fiel cochero para que no se detuviera ante nadie. No quería que nada estropeara esa noche perfecta con ella que apenas comenzaba.

El edificio, construido en Covent Garden apenas 30 años atrás, constituía una de las mejores y más modernas óperas del mundo. Adornada con imponentes columnas y múltiples adornos que no tuvieron tiempo de contemplar, pues cuando llegaron las puertas exteriores se estaban cerrando, y el decorado hall interior, con sus brillantes suelos de mármol y filigranas de oro estaba desierto. Su tamaño resaltaba cuando estaba vacío, rivalizando con las naves de las grandes iglesias en amplitud y esplendor. Solamente la “persuasión” de nuestro decidido galán logró que los llevaran a su palco, y se sentaron cuando el telón empezaba a abrirse.

La Ópera era fantástica. Apenas entraron en escena Oberón y Puk avanzando por un bosque oscuro, la magia se adueño de los asistentes que durante varias horas asistieron extasiados al sueño de una noche de verano soñado por el más grande de los dramaturgos. La belleza de la dama Titania, reina de las hadas, solamente era eclipsada por su voz. Sin duda la más melodiosa y hechizante que hubieran escuchado nunca, y cuando ella estaba en escena, las risas y lamentos de sus versos hacían suspirar a la audiencia.

El tiempo parecía haberse parado cuando finalmente cayó el telón. El público aplaudía con fuerza ante el despertar del mágico trance, y pronto animadas voces empezaron a parlotear excitadamente, elogiando a los actores, y mezclando su ruido con las palmas de forma que la cacofonía ensordecedora iba en aumento. McAbbot se aturdió unos instantes, había aguzado sus sentidos de manera excepcional durante la actuación, excluyéndose de todo lo que o estuviera en el escenario, y permitiéndole observar con nitidez hasta los desconchones en el decorado, o los desgastes en el vestuario, inapreciables a esa distancia ni con las populares lentes que tanto utilizaban tanto damas como caballeros. Al comenzar el estruendo, el ruido le había azotado como un mazazo, y tardo unos segundos en “apagarlo”, y poder levantarse de su asiento, entonces le vio.

Opera 2

Estaba en un palco frente al suyo, al otro lado del teatro. El caballero era alto y moreno, de rostro adusto y perilla recortada. También era un vampiro. Su bestia lo reconoció como tal antes que sus propios ojos, y durante un instante en el que se cruzaron sus miradas, las fuerzas primitivas que habitaban en ambos se encontraron cara a cara. McAbbot sintió pánico ante un depredador superior, y su bestia interior le instó a echar a correr. La dominó, no era un novato en esto, pero la sensación de encontrarse cara a cara con otro condenado desconocido le seguía provocando esos instintos, y le turbaba ver como cada vez iba cediendo a la llamada de lo salvaje, las noches se volvían más hostiles mientras se preguntaba durante cuánto tiempo sería capaz de aferrarse a lo que le quedaba de humano.

Cuando ella vio al caballero su gesto cambió radicalmente. Se miraron desde lados opuestos de la platea durante un instante que pareció quedar suspendido en el aire, hasta que el repentino estruendo de una nueva ovación (al abrirse el telón) los sacó del hechizo. Ella parecía preocupada, aterrada casi. Se disculpó de forma escueta y apenas se hubo dado la vuelta, desapareció como un fantasma. ¡Diablos!, como odiaba que hiciera eso.

En cuanto salió de su asombro salió corriendo tras ella, pero sabía que era en vano. Solo un leve rastro de su perfume en el aire era testigo de que había estado allí, de que ella era real y su mente no la había inventado.

No tuvo tiempo de ordenar sus pensamientos, pués un alboroto le devolvió a la realidad. Había llegado a las escaleras como un ciclón, casi sin darse cuenta y a punto estuvo de chocar con los causantes de tal algarabía.

Allí se encontraban dos prominentes miembros de la sociedad de los condenados. Al menos a esos les conocía, así que no tuvo el impulso bestial de medir su puesto en la manada contra ellos, y eso apaciguó su agitada bestia interior, que apenas se había recuperado de los recientes sobresaltos. Le pareció que los caballeros discutían de forma acalorada, se menospreciaban e insultaban en público de manera muy inapropiada, y amenazaban con romper algo más que las reglas de etiqueta si la discusión seguía escalando. Alguna gente ya había empezado a salir, y se arremolinaban a su alrededor buscando la escalera. La tensión era cada vez mayor a juzgar por las mandíbulas apretadas… y la sombra de los colmillos empezaba a asomar amenazadoramente bajo los labios.

McAbbot trató de pararlo, ayudado por unos instantes por algunos de los criados de Sir Maxwell, uno de los implicados. Parece ser que su amigo Jefferson Foster y el habían perdido el control mientras hablaban del talento y la belleza de la señorita Emily, la diva que encarnaba a Titania.
Le pareció reconocer vagamente al sirviente que le pidió que se alejara una vez que hubieron interrumpido lo peor de la disputa. Era uno de los lacayos del Príncipe, un ghoul llamado… Mr. Roarke, o algo parecido. No tenía ni idea de qué habría sido de todos ellos ahora que su amo llevaba meses desaparecido, pero parecía que este había encontrado rápidamente un lugar al lado del Maestro del Eliseo (y recientemente nombrado Heraldo de la regente), Sir Maxwell.

Utilizando sus poderes de persuasión una vez más, le pidió al fiel sirviente que le contara lo que había pasado, y que olvidara acto seguido la conversación. El criado le transmitió diligentemente que en su opinión había sido una pelea de gallos, encendidos por la misma dama, que trataban de competir por su cortejo. McAbbot decidió desaparecer. No era prudente meter demasiado las narices en los asuntos de aquellos que dominaban la ciudad con puño de hierro, y ya se había arriesgado demasiado. Por otro lado, su corazón le impulsaba a salir a la noche y buscar a su amada, y ni siquiera la bestia podía detener ese impulso.

Tan pronto llegó a la calle, su mente se vio abordada por todas las preguntas que le atormentaban, y para las que no tenía respuesta. Llevaba ya un buen rato caminando sin rumbo, y su frustración había ido en aumento cuando giro una solitaria esquina repentinamente, y su visión comenzó a nublarse.

Notó como la bestia pugnaba por aflorar: como un terrible volcán surgiendo de su interior, que no puede ser detenido. Trató de luchar. Sabía que no debía dejarse llevar por sus crueles instintos, pero notaba como iba perdiendo el control mientras sus sentidos se apagaban, como si cayera en un oscuro pozo sin fondo en el que la roja furia de su interior teñía las paredes de sangre…

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Las pasiones de McAbbot

En el momento que Rob McAbbot cruzó el umbral su capa se hinchó y entró con el toda la ventisca de la fría calle, salpicando de nieve el tenuemente iluminado hall que servía de discreta entrada al lujoso prostíbulo. El cortante frío amenazó con apagar las escasas velas rojas distribuidas por la pequeña habitación y congelar a las mozas tan escasamente ataviadas que enseguida se apresuraron por la escalera ante el tintineo de las campanillas.
Según su cuerpo absorbía el escaso calor de la sala, su sangre empezó a calentarse, pero ya desde que había puesto un pié dentro del local notó que lo hacía de una manera tan furiosa que parecía que iba a hervir. Todos sus instintos se dispararon, pero la excitación de ver los bamboleantes senos de las prostitutas que se acercaban a recibirle palidecía ante la expectación (a duras penas reprimida) de un encuentro que llevaba mucho tiempo anhelando en su interior y que había recreado en su mente incontables veces últimamente.
Incluso el dulce aroma de las sangre, latiendo en los cuerpos de las rameras casi desnudas que lo provocaban, moviéndose lascivas a su alrededor cuando le quitaron la capa y el frio mientras decían su nombre en susurros, no lograba apenas desplazar los sucios pensamientos que ahora se agolpaban en su cabeza y que le inundaban con sus más oscuros y lascivos deseos.
Casi podía sentir ya la cálida carne trémula de la joven Violet agitándose indefensa bajo sus frías y duras manos, la suave piel canela magullada y amoratada por sus crueles golpes, su sangre colmada de sublimes aromas de miedo y dolor brotando de los cortes y laceraciones, latiendo con fuerza en los moratones y agolpándose con violencia en los hinchados pezones con cada bombeo… Ya casi notaba templada la calma que inundaba los oscuros rincones de su alma después de desatar toda su furia en su frágil cuerpo…
Aún perdido en sus lujuriosos pensamientos la corta espera se le estaba haciendo interminable. Las otras putas le habían dicho que su deseada Violet se estaba preparando especialmente para él, y aunque habían sido advertidas por su Madame que Mr. McAbbot esperaría impasible, lo cierto es que en su perturbado estado de agitación y ansia, cada vez se le antojaba más duro reprimir sus instintos de aplacar todo el torbellino que se agitaba en su cabeza y desquitarse con una de esas rameras que lo tentaban con sus pálidas carnes que se contorneaban apenas ocultas bajo sensuales encajes y trasparentes sedas…
Cuando los latidos de su propia sangre en las sienes parecían a punto de hacerle explotar, una furcia más joven aun apareció y le guió por las escaleras hacia el sótano donde nunca había estado. Iba siguiendo la fragancia de su cabello, pues enseguida comenzaron a bajar, la escasa luz de la vela que portaba apenas si le permitía atisbar la recortada silueta su aniñada desnudez contra las ligeras prendas. En el breve trayecto pasaron por delante de puertas cerradas donde incluso con los sentidos saturados pudo notar la presencia de niños, oler los animales que allí se usaban para las más perversas fantasías, y escuchar los golpes y lamentos que escapaban amortiguados de las oscuras mazmorras… al tiempo que el cargado y sudoroso ambiente empezaba a distraer a su bestia.
En el instante en que la gruesa puerta se abrió, sus agudos instintos de depredador recorrieron la oscura sala, barriéndolo todo como una ola. Más allá de las ligas y el corpiño de seda arrugados sobre la cama, podía notar los aromas que ni las sábanas limpias podían ocultar: semen y fluidos impregnaban el colchón, sangre y sudor secos barnizaban en pequeños charcos suelo y paredes, aflorando bajo los aromas del incienso. A la temblorosa luz de la vela vio el cuerpo perfecto de ella, cruzado por cadenas amarradas a la pared. Estaba de espaldas a él, vuelta contra el frio muro de la celda, los delicados rizos le caían por la espalda de su desnudo cuerpo oscureciendo su piel levemente tostada.
Además de las piernas esbeltas y los delicados brazos en tensión, apreció el volumen de unos firmes senos voluptuosos fruto de la más exuberante pubertad, las nalgas perfectas formaban una redonda y exquisita fruta que llamaba a ser devorada bajo la cascada de rizos cobrizos de la melena de Violet, y justo donde se juntaban los cachetes, por debajo asomaban unos tímidos labios que brillaban, dejando entrever el húmedo reguero de los aceites que se mezclaban con el sudor y el pachuli, y que resbalaban por los exquisitos muslos prometiendo dulces placeres. El cuerpo apenas temblaba imperceptiblemente a causa de la tensión y la fría corriente que se colaba de la puerta abierta. No tenía miedo.
Bajo la trémula luz veía su cuerpo sublime superar todas las expectativas que había imaginado en su mente. Era preciosa más allá de lo que recordaba, incluso mucho más de lo que creía haber soñado: de una belleza juvenil con la piel perfecta y solo levemente almendrada, el pelo más brillante y fogoso de lo que creyó posible. Aun sin apenas ver más que el perfil de su rostro los rasgos eran finos pero carnosos, delicados y perfectos, y la luz brilló soltando destellos verdes y dorados en sus ojos durante un parpadeo que le pareció enorme, bajo la exigua luz de la vela que portaba su joven acompañante, cuando con horror advirtió que por unos instantes había olvidado su presencia por completo.
La sangre en su interior pareció detenerse una fracción de segundo, un latido de un corazón mortal, pero de repente volvió, y era como un torbellino de llamas, más calientes que nunca, y se movía frenética dentro de su cuerpo, agitando la bestia en su interior, y despertando unos instintos y órganos que creía olvidados, pero que siempre habían estado presentes y que ahora reclamaban todas las deudas largamente desatendidas… con intereses.
Al notar la fulminante erección de McAbbot, la joven y pálida putita se apresuró a depositar la vela en la mesa cercana. Los destellos de la llama le forzaron reparar de nuevo en los instrumentos de cuero, metal, madera y porcelana que estaban dispuestos a su lado y a los que apenas había prestado atención. Alineados perfectamente en la mesa, sobre un cojín de terciopelo rojo había variadas fustas, pinzas, falos y mordazas junto a otros instrumentos que en su mente evocaban los recuerdos más amargos de momentos de una vida que parecía muy lejana ahora. Evocando esos sentimientos que parecían olvidados hace mucho, recordaba las agudas “caricias” de sus captores, y recordaba haber confesado antes de haber probado el juego completo, era un hombre de pocas convicciones políticas y demasiado apego a su pellejo.
Tras dejar la vela, la joven chiquilla empezó a desatarse los escasos encajes mientras iba hacia el gran baúl del fondo de la habitación, McAbbot pensó que iba a mostrarle el uso de los instrumentos, quizás incluso pretendía que él la dejara participar, e incluso fantaseó por un momento la perspectiva de tumbarse en la cama como mero espectador y dejarla hacer. Pero sabía demasiado bien que esto era algo íntimo, llevaba toda la vida buscándolo y no podía esperar ni un instante más, así que despidió a la chica con un rápido gesto y una propina, y se deshizo de la chaqueta en el mismo movimiento que cerraba la puerta.
Cuando quedaron solos, ella susurro: “castígame, viólame, libéralo todo, pues no quiero tener que volver a mirarte nunca más sin conocer el verdadero rostro de tu alma”.

Theresa 3

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