A Midsummer Night's Dream

A Night at the Opera

Opera

Ella estaba exuberante. McAbbot no había reparado en gastos a la hora de elegir el traje que llevaría a la Ópera y no lo estaba lamentando. La sangre le hervía en su interior, y la presencia de ella le atraía como la llama a la polilla.
Cuando por fin estuvieron listos partieron aceleradamente hacia su destino, para no perderse el primer acto. McAbbot le dio instrucciones a su fiel cochero para que no se detuviera ante nadie. No quería que nada estropeara esa noche perfecta con ella que apenas comenzaba.

El edificio, construido en Covent Garden apenas 30 años atrás, constituía una de las mejores y más modernas óperas del mundo. Adornada con imponentes columnas y múltiples adornos que no tuvieron tiempo de contemplar, pues cuando llegaron las puertas exteriores se estaban cerrando, y el decorado hall interior, con sus brillantes suelos de mármol y filigranas de oro estaba desierto. Su tamaño resaltaba cuando estaba vacío, rivalizando con las naves de las grandes iglesias en amplitud y esplendor. Solamente la “persuasión” de nuestro decidido galán logró que los llevaran a su palco, y se sentaron cuando el telón empezaba a abrirse.

La Ópera era fantástica. Apenas entraron en escena Oberón y Puk avanzando por un bosque oscuro, la magia se adueño de los asistentes que durante varias horas asistieron extasiados al sueño de una noche de verano soñado por el más grande de los dramaturgos. La belleza de la dama Titania, reina de las hadas, solamente era eclipsada por su voz. Sin duda la más melodiosa y hechizante que hubieran escuchado nunca, y cuando ella estaba en escena, las risas y lamentos de sus versos hacían suspirar a la audiencia.

El tiempo parecía haberse parado cuando finalmente cayó el telón. El público aplaudía con fuerza ante el despertar del mágico trance, y pronto animadas voces empezaron a parlotear excitadamente, elogiando a los actores, y mezclando su ruido con las palmas de forma que la cacofonía ensordecedora iba en aumento. McAbbot se aturdió unos instantes, había aguzado sus sentidos de manera excepcional durante la actuación, excluyéndose de todo lo que o estuviera en el escenario, y permitiéndole observar con nitidez hasta los desconchones en el decorado, o los desgastes en el vestuario, inapreciables a esa distancia ni con las populares lentes que tanto utilizaban tanto damas como caballeros. Al comenzar el estruendo, el ruido le había azotado como un mazazo, y tardo unos segundos en “apagarlo”, y poder levantarse de su asiento, entonces le vio.

Opera 2

Estaba en un palco frente al suyo, al otro lado del teatro. El caballero era alto y moreno, de rostro adusto y perilla recortada. También era un vampiro. Su bestia lo reconoció como tal antes que sus propios ojos, y durante un instante en el que se cruzaron sus miradas, las fuerzas primitivas que habitaban en ambos se encontraron cara a cara. McAbbot sintió pánico ante un depredador superior, y su bestia interior le instó a echar a correr. La dominó, no era un novato en esto, pero la sensación de encontrarse cara a cara con otro condenado desconocido le seguía provocando esos instintos, y le turbaba ver como cada vez iba cediendo a la llamada de lo salvaje, las noches se volvían más hostiles mientras se preguntaba durante cuánto tiempo sería capaz de aferrarse a lo que le quedaba de humano.

Cuando ella vio al caballero su gesto cambió radicalmente. Se miraron desde lados opuestos de la platea durante un instante que pareció quedar suspendido en el aire, hasta que el repentino estruendo de una nueva ovación (al abrirse el telón) los sacó del hechizo. Ella parecía preocupada, aterrada casi. Se disculpó de forma escueta y apenas se hubo dado la vuelta, desapareció como un fantasma. ¡Diablos!, como odiaba que hiciera eso.

En cuanto salió de su asombro salió corriendo tras ella, pero sabía que era en vano. Solo un leve rastro de su perfume en el aire era testigo de que había estado allí, de que ella era real y su mente no la había inventado.

No tuvo tiempo de ordenar sus pensamientos, pués un alboroto le devolvió a la realidad. Había llegado a las escaleras como un ciclón, casi sin darse cuenta y a punto estuvo de chocar con los causantes de tal algarabía.

Allí se encontraban dos prominentes miembros de la sociedad de los condenados. Al menos a esos les conocía, así que no tuvo el impulso bestial de medir su puesto en la manada contra ellos, y eso apaciguó su agitada bestia interior, que apenas se había recuperado de los recientes sobresaltos. Le pareció que los caballeros discutían de forma acalorada, se menospreciaban e insultaban en público de manera muy inapropiada, y amenazaban con romper algo más que las reglas de etiqueta si la discusión seguía escalando. Alguna gente ya había empezado a salir, y se arremolinaban a su alrededor buscando la escalera. La tensión era cada vez mayor a juzgar por las mandíbulas apretadas… y la sombra de los colmillos empezaba a asomar amenazadoramente bajo los labios.

McAbbot trató de pararlo, ayudado por unos instantes por algunos de los criados de Sir Maxwell, uno de los implicados. Parece ser que su amigo Jefferson Foster y él habían perdido el control mientras hablaban del talento y la belleza de la señorita Emily, la diva que encarnaba a Titania.
Le pareció reconocer vagamente al sirviente que le pidió que se alejara una vez que hubieron interrumpido lo peor de la disputa. Era uno de los lacayos del Príncipe, un ghoul llamado… Mr. Roarke, o algo parecido. No tenía ni idea de qué habría sido de todos ellos ahora que su amo llevaba meses desaparecido, pero parecía que este había encontrado rápidamente un lugar al lado del Maestro del Eliseo (y recientemente nombrado Heraldo de la regente), Sir Maxwell.

Utilizando sus poderes de persuasión una vez más, le pidió al fiel sirviente que le contara lo que había pasado, y que olvidara acto seguido la conversación. El criado le transmitió diligentemente que en su opinión había sido una pelea de gallos, encendidos por la misma dama, que trataban de competir por su cortejo. McAbbot decidió desaparecer. No era prudente meter demasiado las narices en los asuntos de aquellos que dominaban la ciudad con puño de hierro, y ya se había arriesgado demasiado. Por otro lado, su corazón le impulsaba a salir a la noche y buscar a su amada, y ni siquiera la bestia podía detener ese impulso.

Tan pronto llegó a la calle, su mente se vio abordada por todas las preguntas que le atormentaban, y para las que no tenía respuesta. Llevaba ya un buen rato caminando sin rumbo, y su frustración había ido en aumento cuando giro una solitaria esquina repentinamente, y su visión comenzó a nublarse.

Notó como la bestia pugnaba por aflorar: como un terrible volcán surgiendo de su interior, que no puede ser detenido. Trató de luchar. Sabía que no debía dejarse llevar por sus crueles instintos, pero notaba como iba perdiendo el control mientras sus sentidos se apagaban, como si cayera en un oscuro pozo sin fondo en el que la roja furia de su interior teñía las paredes de sangre…

View
Las pasiones de McAbbot

En el momento que Rob McAbbot cruzó el umbral su capa se hinchó y entró con el toda la ventisca de la fría calle, salpicando de nieve el tenuemente iluminado hall que servía de discreta entrada al lujoso prostíbulo. El cortante frío amenazó con apagar las escasas velas rojas distribuidas por la pequeña habitación y congelar a las mozas tan escasamente ataviadas que enseguida se apresuraron por la escalera ante el tintineo de las campanillas.
Según su cuerpo absorbía el escaso calor de la sala, su sangre empezó a calentarse, pero ya desde que había puesto un pié dentro del local notó que lo hacía de una manera tan furiosa que parecía que iba a hervir. Todos sus instintos se dispararon, pero la excitación de ver los bamboleantes senos de las prostitutas que se acercaban a recibirle palidecía ante la expectación (a duras penas reprimida) de un encuentro que llevaba mucho tiempo anhelando en su interior y que había recreado en su mente incontables veces últimamente.
Incluso el dulce aroma de las sangre, latiendo en los cuerpos de las rameras casi desnudas que lo provocaban, moviéndose lascivas a su alrededor cuando le quitaron la capa y el frio mientras decían su nombre en susurros, no lograba apenas desplazar los sucios pensamientos que ahora se agolpaban en su cabeza y que le inundaban con sus más oscuros y lascivos deseos.
Casi podía sentir ya la cálida carne trémula de la joven Violet agitándose indefensa bajo sus frías y duras manos, la suave piel canela magullada y amoratada por sus crueles golpes, su sangre colmada de sublimes aromas de miedo y dolor brotando de los cortes y laceraciones, latiendo con fuerza en los moratones y agolpándose con violencia en los hinchados pezones con cada bombeo… Ya casi notaba templada la calma que inundaba los oscuros rincones de su alma después de desatar toda su furia en su frágil cuerpo…
Aún perdido en sus lujuriosos pensamientos la corta espera se le estaba haciendo interminable. Las otras putas le habían dicho que su deseada Violet se estaba preparando especialmente para él, y aunque habían sido advertidas por su Madame que Mr. McAbbot esperaría impasible, lo cierto es que en su perturbado estado de agitación y ansia, cada vez se le antojaba más duro reprimir sus instintos de aplacar todo el torbellino que se agitaba en su cabeza y desquitarse con una de esas rameras que lo tentaban con sus pálidas carnes que se contorneaban apenas ocultas bajo sensuales encajes y trasparentes sedas…
Cuando los latidos de su propia sangre en las sienes parecían a punto de hacerle explotar, una furcia más joven aun apareció y le guió por las escaleras hacia el sótano donde nunca había estado. Iba siguiendo la fragancia de su cabello, pues enseguida comenzaron a bajar, la escasa luz de la vela que portaba apenas si le permitía atisbar la recortada silueta su aniñada desnudez contra las ligeras prendas. En el breve trayecto pasaron por delante de puertas cerradas donde incluso con los sentidos saturados pudo notar la presencia de niños, oler los animales que allí se usaban para las más perversas fantasías, y escuchar los golpes y lamentos que escapaban amortiguados de las oscuras mazmorras… al tiempo que el cargado y sudoroso ambiente empezaba a distraer a su bestia.
En el instante en que la gruesa puerta se abrió, sus agudos instintos de depredador recorrieron la oscura sala, barriéndolo todo como una ola. Más allá de las ligas y el corpiño de seda arrugados sobre la cama, podía notar los aromas que ni las sábanas limpias podían ocultar: semen y fluidos impregnaban el colchón, sangre y sudor secos barnizaban en pequeños charcos suelo y paredes, aflorando bajo los aromas del incienso. A la temblorosa luz de la vela vio el cuerpo perfecto de ella, cruzado por cadenas amarradas a la pared. Estaba de espaldas a él, vuelta contra el frio muro de la celda, los delicados rizos le caían por la espalda de su desnudo cuerpo oscureciendo su piel levemente tostada.
Además de las piernas esbeltas y los delicados brazos en tensión, apreció el volumen de unos firmes senos voluptuosos fruto de la más exuberante pubertad, las nalgas perfectas formaban una redonda y exquisita fruta que llamaba a ser devorada bajo la cascada de rizos cobrizos de la melena de Violet, y justo donde se juntaban los cachetes, por debajo asomaban unos tímidos labios que brillaban, dejando entrever el húmedo reguero de los aceites que se mezclaban con el sudor y el pachuli, y que resbalaban por los exquisitos muslos prometiendo dulces placeres. El cuerpo apenas temblaba imperceptiblemente a causa de la tensión y la fría corriente que se colaba de la puerta abierta. No tenía miedo.
Bajo la trémula luz veía su cuerpo sublime superar todas las expectativas que había imaginado en su mente. Era preciosa más allá de lo que recordaba, incluso mucho más de lo que creía haber soñado: de una belleza juvenil con la piel perfecta y solo levemente almendrada, el pelo más brillante y fogoso de lo que creyó posible. Aun sin apenas ver más que el perfil de su rostro los rasgos eran finos pero carnosos, delicados y perfectos, y la luz brilló soltando destellos verdes y dorados en sus ojos durante un parpadeo que le pareció enorme, bajo la exigua luz de la vela que portaba su joven acompañante, cuando con horror advirtió que por unos instantes había olvidado su presencia por completo.
La sangre en su interior pareció detenerse una fracción de segundo, un latido de un corazón mortal, pero de repente volvió, y era como un torbellino de llamas, más calientes que nunca, y se movía frenética dentro de su cuerpo, agitando la bestia en su interior, y despertando unos instintos y órganos que creía olvidados, pero que siempre habían estado presentes y que ahora reclamaban todas las deudas largamente desatendidas… con intereses.
Al notar la fulminante erección de McAbbot, la joven y pálida putita se apresuró a depositar la vela en la mesa cercana. Los destellos de la llama le forzaron reparar de nuevo en los instrumentos de cuero, metal, madera y porcelana que estaban dispuestos a su lado y a los que apenas había prestado atención. Alineados perfectamente en la mesa, sobre un cojín de terciopelo rojo había variadas fustas, pinzas, falos y mordazas junto a otros instrumentos que en su mente evocaban los recuerdos más amargos de momentos de una vida que parecía muy lejana ahora. Evocando esos sentimientos que parecían olvidados hace mucho, recordaba las agudas “caricias” de sus captores, y recordaba haber confesado antes de haber probado el juego completo, era un hombre de pocas convicciones políticas y demasiado apego a su pellejo.
Tras dejar la vela, la joven chiquilla empezó a desatarse los escasos encajes mientras iba hacia el gran baúl del fondo de la habitación, McAbbot pensó que iba a mostrarle el uso de los instrumentos, quizás incluso pretendía que él la dejara participar, e incluso fantaseó por un momento la perspectiva de tumbarse en la cama como mero espectador y dejarla hacer. Pero sabía demasiado bien que esto era algo íntimo, llevaba toda la vida buscándolo y no podía esperar ni un instante más, así que despidió a la chica con un rápido gesto y una propina, y se deshizo de la chaqueta en el mismo movimiento que cerraba la puerta.
Cuando quedaron solos, ella susurro: “castígame, viólame, libéralo todo, pues no quiero tener que volver a mirarte nunca más sin conocer el verdadero rostro de tu alma”.

Theresa 3

View

I'm sorry, but we no longer support this web browser. Please upgrade your browser or install Chrome or Firefox to enjoy the full functionality of this site.