A Midsummer Night's Dream

El descanso oscuro del alma

La oscura figura se acercó embozada en su capa hasta la puerta del Blue Bird y llamó con decisión, pues no quería esperar a la intemperie ni un instante más de lo necesario. Pese a que todavía estaban en los últimos días del otoño, el frio en la ciudad de Londres parecía apoderarse de las noches, deslizándose a sus anchas por las húmedas calles, entre los árboles desnudos y los espesos bancos de niebla que amortiguaban las tímidas luces de gas.

Aunque apenas se acababa de bajar de su lujoso carruaje frente al local, algo del gélido ambiente se coló junto con las brumas de la noche cuando al fin se abrió la puerta para permitirle cruzar el umbral, y las tenues llamas de las velas titilaron, como temblorosas, ante la impaciente presencia que regresaba otra noche más al burdel a saciar sus apetitos.

Desde aquellos lejanos días de verano algo había cambiado en la ciudad. Los condenados eran conscientes de que su presencia era más evidente que nunca, pues los extraños eventos que se habían desatado sobre la capital del imperio (y probablemente del mundo) habían alertado a los mortales de los peligros que les acechaban en la oscuridad. Las historias de espíritus, fantasmas y demonios ya no eran habladurías, y habían salido a la calle desde los salones ocultistas y las veladas de videntes y espiritistas. Muy poca gente se atrevía a dar la espalda ahora a los rumores tenebrosos de las criaturas sin alma que se escondían en la noche, no desde que aquellos extraños acontecimientos que comenzaron con los terribles asesinatos de Jack conmocionaran a la ciudad, y eso solo había sido el principio…

El miedo se había extendido como una terrible plaga por la ciudad, más violenta que la que se desató con el alzamiento de cadáveres con los que culminaron aquellos terribles sucesos del final del verano. Con la llegada del frio, las noches se habían vuelto cada vez más largas, y los temores se hacían más poderosos. Las fulanas que literalmente sembraban las calles al caer la noche ahora se cubrían unas a otras, se vigilaban entre ellas e incluso compartían sus exiguas ganancias con proxenetas y policías a cambio de sentirse un poco más seguras. En algunos barrios las parroquias habían organizado grupos de buenos ciudadanos, que al tras el ocaso salían de sus casas con lámparas y antorchas para proteger sus vecindades de aquellos peligros que no podían comprender.

Aunque las iglesias habían vuelto a llenarse como hacía décadas, los lupanares como aquel estaban más llenos que nunca, pues la ciudad ya no era segura. Muchos vampiros apenas se atrevían a cazar ahora en las calles, y se habían visto forzados a pagar por la sangre de meretrices en los escasos lugares que como el Blue Bird, ponían a disposición de su selecta clientela hasta la sangre de sus venas. El barrio chino era un hervidero de tráfico en las horas nocturnas, especialmente entre los más depravados o desfavorecidos, que tenían que frecuentar sus sórdidas salas enterradas en el submundo para saciar sus apetitos, pues en ellas (se rumoreaba) no solo se hacían negocios con la carne y el opio, sino que también se ofrecían los más oscuros servicios.

Aquella noche el burdel estaba muy concurrido, como ya era costumbre. Las atareadas furcias iban y venían apresuradamente por el local, moviéndose de un cliente a otro sin tiempo para protestar por la fría corriente que entraba de la calle. Pero la figura recién llegada no pareció inmutarse ante las putas semidesnudas, cuando al cruzarse, el frió que emanaba de su capa estremecía sus ateridos cuerpos. Al cruzar el recibidor, Madame Chambelain se apresuró a indicar con un susurro que varios caballeros se impacientaban por las atenciones de Nicole…

Se dirigió sin vacilar a los sótanos de aquel palacio del vicio, a la zona más oscura y siniestra, donde las aisladas y oscuras celdas otorgaban una mayor intimidad y los sonidos del tormento eran absorbidos por gruesos muros de piedra.

Tras innumerables visitas, el interior de la lóbrega sala ya le resultaba familiar. En ella la joven se quitó lentamente el vestido y las enaguas. Eran demasiado caras y delicadas para permitir que se mancharan de sangre, y el valor sentimental de aquellos regalos era incalculable para ella. Esbozó una sonrisa mientras se dejaba atar al cepo, mientras a su lado los látigos y otros siniestros instrumentos anticipaban el dolor que estaba por venir. Se tomó su tiempo en prepararse, y la joven pudo sentir perfectamente la lujuria creciendo aceleradamente en su verdugo ante la vista de su piel morena y los cabellos teñidos de rojo, anticipando los abusos que iba a infligir a su delicado cuerpo aquella noche.

En los últimos meses su espíritu solamente había encontrado el consuelo en aquel lugar, dónde bestias deshumanizadas pagaban pequeñas fortunas por mortificar la carne, y la bella Nicole era la única que podía resistir todas aquellas torturas y mucho más. Sin embargo, no era el dinero lo que la motivaba a seguir viniendo, ni siquiera era la sangre de aquellos sádicos de los cuales se alimentaba. Su necesidad era más profunda, atenazaba su alma constantemente de una forma obsesiva y enfermiza.

En su interior, Theresa sabía que necesitaba aquel castigo: era apenas una fracción de lo que merecía por aquellos pecados que había cometido, y todo el mal que le quedaba por traer al mundo. Desde que su amado Robert hubiera sucumbido al lazo de sangre, ella sabía que él ya no podía soportar la sensación de verla sufrir, y mucho menos era capaz de brindarle el sosiego de recibir el castigo de su propia mano. Por eso había creado la identidad de Nicole, con la que recurría casi cada noche a los tormentos de los más despreciables humanos, que eran los únicos capaces de calmar su conciencia por todo aquello de lo que se sentía culpable, y que cada ocaso al despertar resurgía en su interior, desgarrando el oscuro interior de su alma.

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isgaard

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